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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 2,21-37

Yo te había plantado de la cepa selecta,
toda entera de simiente legítima.
Pues ¿cómo te has mudado en sarmiento
de vid bastarda? Porque, así te blanquees con salitre
y te des cantidad de lejía,
se te nota la culpa en mi presencia
- oráculo del Señor Yahveh -. Cómo dices: "No estoy manchada;
en pos de los Baales no anduve?"
¡Mira tu rastro en el Valle!
Reconoce lo que has hecho,
camellita liviana que trenza sus derroteros, irrumpe en el desierto
y en puro celo se bebe los vientos:
su estro, ¿quién lo calmará?
Cualquiera que la busca la topa,
¡bien acompañada la encuentra! Guarda tu pie de la descalcez
y tu garganta de la sed.
Pero tú dices: "No hay remedio:
a mí me gustan los extranjeros,
y tras ellos he de ir." Cual se avergüenza el ladrón cuando es sorprendido,
así se ha avergonzado la casa de Israel:
ellos, sus reyes, sus jefes,
sus sacerdotes y sus profetas, los que dicen al madero: "Mi padre eres tú",
y a la piedra: "Tú me diste a luz."
Tras de volverme la espalda,
que no la cara,
al tiempo de su mal dice:
"¡Levántate y sálvanos!" Pues ¿dónde están tus dioses, los que tú mismo te hiciste?
¡Que se levanten ellos, a ver si te salvan en tiempo
de desgracia!
Pues cuantas son tus ciudades,
otros tantos son tus dioses, Judá;
(y cuantas calles cuenta Jerusalén,
otros tantos altares hay de Baal). ¿Por qué os querelláis conmigo,
si todos vosotros os habéis rebelado contra mí?
- oráculo de Yahveh -. En vano golpeé a vuestros hijos,
pues no aprendieron.
Ha devorado vuestra espada a vuestos profetas,
como el león cuando estraga. ¡Vaya generación la vuestra!; atended a la palabra de Yahveh:
¿Fui yo un desierto para Israel
o una tierra malhadada?
¿Por qué, entonces, dice mi pueblo:
"¡Bajemos!
No vendremos más a ti."? ¿Se olvida la doncella de su aderezo,
la novia de su cinta?
Pues mi pueblo sí que me ha olvidado días sin número. ¡Qué hermoso te parece tu camino
en busca del amor!
A la verdad, hasta con maldades
aprendiste tus caminos. En tus mismas haldas se encontraban
manchas de sangre de las almas de pobres inocentes:
no los sorprendiste en escalo.
Y con todo eso, dices: "Soy inocente;
basta ya de ira contra mí."
Pues bien, aquí me tienes para discutir contigo
eso que has dicho: "No he pecado." ¡Cuánta ligereza la tuya
para cambiar de dirección!
También de Egipto te avergonzarás
como te avergonzaste de Asur. También de ésta saldrás
con las manos en la cabeza.
Porque Yahveh ha rechazado aquello en que confías,
y no saldrás bien de ello.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ya Isaías había comparado a Israel con la viña elegida por Dios, que con su amor la había cuidado y la había hecho crecer (Is 5). También Jesús en los Evangelios insistirá en esta imagen para describir por una parte el amor paciente de Dios por la humanidad, y por otra, la incomprensión e incluso la respuesta violenta de los hombres, molestos por tanto amor y dominados por la sed de poseer (Mc 12,1-12). ¡Cuánta predilección hay en esta imagen que describe muy bien el valor que nosotros representamos para Dios! Sí, el Señor se ocupó de Israel y de cada uno de nosotros, su pueblo, al que Jesús reunió. La viña era el símbolo de la prosperidad y de la fecundidad de la tierra, pero también del llamamiento de Israel. El lenguaje del profeta suena duro y parece difícil en esta página: acusa a su pueblo de haber tergiversado el llamamiento del Señor. El pecado es tan grande que duda de que Israel se pueda convertir. La acusación es clara y repetida: Israel siguió a los Baales, las divinidades de los pueblos de Canaán. Lo hizo y no se avergonzó de ello, no se echó atrás, dio la espalda a Dios e hizo caso omiso de su palabra. Esta decisión, repetida, no produjo más que violencia y desdicha, sin procurar beneficio alguno. Resuenan en este texto las palabras de los sabios de Israel sobre la total vanidad de la idolatría (Sb 13; Sal 115). Pero a pesar de todo, aunque estemos lejos de Dios, podemos dirigirnos a él e invocarle: «¡Levántate y sálvanos!». Al igual que el hijo, que se alejó de la casa del padre por el orgullo de querer solo sus cosas, reconoció su necesidad y volvió a él (Lc 15,11-32), también todo aquel que se ha alejado de Dios, sea como sea y cuando sea, puede volver a él y recibir de él perdón y salvación. Dios escucha siempre la oración de quien vuelve a él, e incluso él mismo nos exhorta a volver, preguntándonos sobre nuestras decisiones, como preguntó a su pueblo. «Vosotros, ¡valiente ralea!; atended a la palabra del Señor: ¿Fui yo un desierto para Israel o una tierra malhadada? ¿Por qué, entonces, dice mi pueblo: “¡Nos vamos! No vendremos más a ti”?». No existe la libertad verdadera sin el Señor, sin su palabra que nos hace vivir.


06/07/2013
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