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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 4,1-15

¡Si volvieras, Israel!, oráculo de Yahveh,
¡si a mí volvieras!,
si quitaras tus Monstruos abominables,
y de mí no huyeras! Jurarías: "¡Por vida de Yahveh!"
con verdad, con derecho y con justicia,
y se bendecirían por él las naciones,
y por él se alabarían. Porque así dice Yahveh
al hombre de Judá y a Jerusalén:
- Cultivad el barbecho
y no sembréis sobre cardos. Circuncidaos para Yahveh y extirpad los prepucios de vuestros corazones,
hombres de Judá y habitantes de Jerusalén;
no sea que brote como fuego mi saña,
y arda y no haya quien la apague,
en vista de vuestras perversas acciones. Avisad en Judá
y que se oiga en Jerusalén.
Tañed el cuerno por el país,
pregonad a voz en grito:
¡Juntaos,
vamos a las plazas fuertes! ¡Izad bandera hacia Sión!
¡Escapad, no os paréis!
Porque yo traigo una calamidad del norte
y un quebranto grande. Se ha levantado el león de su cubil,
y el devorador de naciones se ha puesto en marcha:
salió de su lugar
para dejar la tierra desolada.
Tus ciudades quedarán arrasadas, sin habitantes. Por ende, ceñíos de sayal,
endechad y plañid:
- "¡No; no se va de nosotros
la ardiente ira de Yahveh!" Sucederá aquel día - oráculo de Yahveh -
que se perderá el ánimo del rey
y el de los príncipes,
se pasmarán los sacerdotes,
y los profetas se espantarán. Y yo digo: "¡Ay, Señor Yahveh!
¡Cómo embaucaste a este pueblo y a Jerusalén
diciendo: "Paz tendréis",
y ha penetrado la espada
hasta el alma!" En aquella sazón se dirá a este pueblo y a Jerusalén:
- Un viento ardiente
viene por el desierto, camino de la hija de mi pueblo,

no para beldar, ni para limpiar. Un viento lleno de amenazas viene de mi parte.
Ahora me toca a mí alegar mis razones respecto a ellos. Ved cómo se levanta cual las nubes,
como un huracán sus carros,
y ligeros más que águilas sus corceles.
- ¡Ay de nosotros, estamos perdidos! - Limpia de malicia tu corazón, Jerusalén,
para que seas salva.
¿Hasta cuándo durarán en ti
tus pensamientos torcidos? Una voz avisa desde Dan
y da la mala nueva desde la sierra de Efraím.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías se dirige a Jerusalén en un momento difícil, probablemente de guerra o de amenaza de guerra. ¿Qué hacer en los tiempos difíciles? La respuesta profética parece inadecuada ante el peligro. Jeremías invita a su pueblo a volver al Señor: «¡Si volvieras, Israel!, oráculo del Señor, ¡si a mí volvieras!». «Volver» en el lenguaje veterotestamentario significa «convertirse», cambiar el corazón, el modo de pensar, el modo de actuar, como dirá poco después: «Circuncidaos para el Señor, extirpad los prepucios de vuestros corazones». En el peligro y en los tiempos de crisis –pensemos en estos tiempos difíciles que el mundo entero está viviendo actualmente– no se pueden buscar solo respuestas materiales o superficiales. Hay que ir a lo más profundo, mirar en el interior, en el corazón, cambiar algo de uno mismo, tal como, por otra parte, nos pide continuamente la Palabra de Dios. La circuncisión física implicaba un corte, un truncamiento. La circuncisión del corazón nos pide cortar todo lo que nos aleja del Señor y del prójimo. Sin duda la situación no mejorará si nos lamentamos o si atribuimos la culpa de las cosas que no van bien a los demás: «Cultivad el barbecho y no sembréis sobre cardos», exhorta el profeta. Cada uno debe comprometerse personalmente, cultivar el terreno de su corazón, para quitar lo que impide la presencia de Dios, llenarlo de sentimientos y de pensamientos de bien. En la vida de cada día es fácil y casi instintivo «sembrar sobre cardos», es decir, esparcir el mal. En los tiempos difíciles mengua la valentía, llega más fácilmente la resignación y todos terminan siendo peores, más individualistas, todos se preocupan menos por los demás: «Aquel día se desanimará el rey y la aristocracia, se pasmarán los sacerdotes, y los profetas se espantarán». La Palabra de Dios nos invita a no ceder a la lógica instintiva de preocuparnos solo por nosotros mismos cerrándonos en nuestros intereses, dispuestos a defendernos solo a nosotros mismos. «Limpia de malicia tu corazón, Jerusalén, para que seas salva. ¿Hasta cuándo durarán en ti tus pensamientos torcidos?», exhorta el Señor. Tenemos que purificar continuamente nuestro corazón escuchando la Palabra del Señor.


10/07/2013
Memoria de la Iglesia


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