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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 9,1-15

¡Quién me diese en el desierto
una posada de caminantes,
para poder dejar a mi pueblo
y alejarme de su compañía!
Porque todos ellos son adúlteros,
un hatajo de traidores que tienden su lengua como un arco.
Es la mentira, que no la verdad,
lo que prevalece en esta tierra.
Van de mal en peor,
y a Yahveh desconocen. ¡Que cada cual se guarde de su prójimo!,
¡desconfiad de cualquier hermano!,
porque todo hermano pone la zancadilla,
y todo prójimo propala la calumnia. Se engañan unos a otros,
no dicen la verdad;
han avezado sus lenguas a mentir,
se han pervertido, incapaces de convertirse.
Fraude por fraude, engaño por engaño,
se niegan a reconocer a Yahveh. Por ende, así dice Yahveh Sebaot:
He aquí que yo voy a afinarlos y probarlos;
mas ¿cómo haré para tratar a la hija de mi pueblo? Su lengua es saeta mortífera,
las palabras de su boca, embusteras.
Se saluda al prójimo,
pero por dentro se le pone celada. Y por estas acciones, ¿no les he de castigar?
- oráculo de Yahveh -,
¿de una nación así
no se vengará mi alma? Alzo sobre los montes lloro y lamento,
y una elegía por las dehesas del desierto,
porque han sido incendiadas; nadie pasa por allí,
y no se oyen los gritos del ganado.
Desde las aves del cielo hasta las bestias,
todas han huido, se han marchado. Voy a hacer de Jerusalén un montón de piedras,
guarida de chacales,
y de las ciudades de Judá haré una soledad
sin ningún habitante. ¿Quién es el sabio?, pues que entienda esto; a quién ha hablado la boca de Yahveh?, pues que lo diga;
¿por qué el país se ha perdido,
incendiado como el desierto donde no pasa nadie? Yahveh lo ha dicho: Es que han abandonado mi Ley que yo les propuse, y no han escuchado mi voz ni la han seguido; sino que han ido en pos de la inclinación de sus corazones tercos, en pos de los Baales que sus padres les enseñaron. Por eso, así dice Yahveh Sebaot, el dios de Israel: He aquí que voy a dar de comer a este pueblo ajenjo y les voy a dar de beber agua emponzoñada. Les voy a dispersar entre las naciones desconocidas de ellos y de sus padres, y enviaré detrás de ellos la espada hasta exterminarlos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Dios pierde incluso la paciencia y quiere irse a causa de la infidelidad de su pueblo: «¡Quién me diese en el desierto una posada de caminantes, para poder dejar a mi pueblo y alejarme de su compañía!». En la Biblia se habla alguna vez de la ocultación de Dios. Oculta su rostro, no se deja ver. El motivo principal de esta toma de posición de Dios es la mentira: «Tensan su lengua como un arco. Es la mentira, que no la verdad, lo que prevalece en esta tierra… Han avezado sus lenguas a mentir… engaño por engaño». Son palabras que atraen nuestra atención sobre el uso de la lengua, sobre el hablar y sobre la sinceridad de nuestras palabras. La Epístola de Santiago dedicará todo el capítulo tres al uso de la lengua, con palabras duras que llegan a definir la lengua de este modo: «La lengua es también fuego, es un mundo de iniquidad». No son distintas las palabras de Jeremías: «Su lengua es saeta mortífera, las palabras de su boca, embusteras». Las palabras que pronunciamos pueden provocar mucho mal, porque una vez dichas se clavan, son realmente como el fuego o como las saetas, pueden hacer el bien, pero también pueden provocar el mal. Sobre todo la mentira provoca mucho mal, y nos acostumbra a una doble vida, distorsionada, llena de maldad aunque esté cubierta de una superficie de bondad. Es solo engaño. «Sea vuestro lenguaje: “Sí, sí” “no, no”», dice Jesús. Por eso Dios interviene con una acción purificadora: «He decidido afinarlos y probarlos». Dios nos afina y nos prueba para que podamos purificar nuestro lenguaje y, por consiguiente, nuestro corazón, para que transmita sinceridad y verdad. Luego el profeta vuelve a hablar de un tema que ya conoce. ¿Por qué tanta devastación? ¿Y por qué parece que Dios se haya alejado? «No han escuchado mi voz ni la han seguido; sino que han ido en pos de la inclinación de sus corazones tercos, en pos de los Baales (las divinidades de la tierra de Canaán) que sus padres les enseñaron». Volvemos al mismo punto: si no escuchamos, todo se echa a perder, y nuestro lenguaje se llena de mentiras, porque no se alimenta de la Palabra de Dios.


24/07/2013
Memoria de los santos y de los profetas


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