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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 13,15-27

Oíd y escuchad, no seáis altaneros,
porque habla Yahveh. Dad gloria a vuestro Dios Yahveh
antes que haga oscurecer,
y antes que se os vayan los pies
sobre la sierra oscura,
y esperéis la luz,
y él la haya convertido en negrura,
la haya trocado en tiniebla densa. Pero si no le oyereis, en silencio
llorará mi alma por ese orgullo,
y dejarán caer mi ojos lágrimas,
y verterán copiosas lágrimas,
porque va cautiva la grey de Yahveh. Di al rey y a la Gran Dama:
Humillaos, sentaos,
porque ha caído de vuestras cabezas
vuestra diadema preciosa. Las ciudades del Négueb están cercadas,
y no hay quien abra.
Todo Judá es deportado,
deportado en masa. Alza tus ojos, Jerusalén, y mira
a los que vienen del norte.
¿Dónde está la grey que se te dio,
tus preciosas ovejas? ¿Qué dirás cuando te visiten
con autoridad sobre ti?
Pues lo que tú les enseñabas a hacer sobre ti
eran caricias.
¿No te acometerán dolores
como de parturienta? Pero acaso digas en tus adentros:
"¿Por qué me ocurren estas cosas?"
Por tu gran culpa han sido alzadas tus faldas
y han sido forzados tus calcañales. ¿Muda el kusita su piel,
o el leopardo sus pintas?
¡También vosotros podéis entonces hacer el bien,
los avezados a hacer el mal! Por eso os esparcí como paja liviana
al viento de la estepa. Esa es tu suerte, el tanto por tu medida
que te toca de mi parte - oráculo de Yahveh -:
por cuanto que me olvidaste
y te fiaste de la Mentira. Pues también yo te he levantado las faldas sobre tu rostro,
y se ha visto tu indecencia. ¡Ah, tus adulterios y tus relinchos,
la bajeza de tu prostitución!
Sobre los altos, por la campiña
he visto tus Monstruos abominables.
¡Ay de ti, Jerusalén, que no estás pura!
¿Hasta cuándo todavía...?

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En el versículo 23 resuena la pregunta crucial que Dios le hace a su pueblo: «¿Podréis entonces hacer el bien los avezados al mal?». ¿Podemos cambiar nuestros pensamientos y nuestras acciones cuando hemos estado acostumbrados a pensar y a actuar siempre igual? El peligro serio de la vida de cada uno es acostumbrarse al mal, aceptar pasivamente las cosas que pasan sin reflexionar, sin comprender lo que es bueno y lo que es malo. El mundo nos acostumbra a aceptarlo todo como normal, incluso el peor de los males, la injusticia y la violencia. Efectivamente, el sentimiento de pecado parece haber desaparecido, y, como consecuencia, también la rebelión ante el mal. Se comprende así la continua insistencia del profeta cuando nos invita a escuchar: «Oíd y escuchad, no seáis altaneros, porque habla el Señor». No escuchamos por culpa de la soberbia y del orgullo, que justifican cada una de nuestras actitudes. Preferimos el análisis de nuestro comportamiento a la humildad de confesar nuestro pecado. No estamos acostumbrados a reconocer el mal que hay en nuestro interior. Y cuando lo vemos obrar fuera de nosotros, en la sociedad, en la vida de un conocido o de un amigo, nos sorprendemos, nos lamentamos y llegamos incluso a culpar a Dios mismo. Difícilmente nos interrogamos. Existe una fuerza y un misterio del mal en la vida de cada persona, ante el que debemos interrogarnos para estar preparados cuando nos llegue. Jeremías habla para que su pueblo no evite esta pregunta. Sí, podemos hacer el bien en lugar del mal solo si escuchamos, si aceptamos la corrección, si convertimos nuestro corazón, si nos cambiamos a nosotros mismos. «Si no le oyereis, en silencio llorará mi alma por ese orgullo, y dejarán caer mis ojos lágrimas, y verterán copiosas lágrimas porque va cautiva la grey del Señor». Dios no puede hacer más que llorar ante nuestra soberbia, porque esta no hace más que alejarnos de él y provoca destrucción y muerte. Pongamos nuestra confianza en el Señor porque solo en su palabra podemos encontrar la vida y la felicidad que buscamos.


03/08/2013
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