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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 24,1-10

Hízome ver Yahveh, y he aquí que había un par de cestos de higos presentados delante del Templo de Yahveh - esto era después que Nabucodonosor, rey de Babilonia, hubo deportado de Jerusalén al rey de Judá, Jeconías, hijo de Yoyaquim, a los principales de Judá y a los herreros y cerrajeros de Jerusalén, y los llevó a Babilonia -. Un cesto era de higos muy buenos, como los primerizos, y el otro de higos malos, tan malos que no se podían comer. Y me dijo Yahveh: "¿Qué estás viendo Jeremías?" Dije: "Higos. Los higos buenos son muy buenos; y los higos malos, muy malos, que no se dejan comer de puro malos." Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Así habla Yahveh, Dios de Israel: Como por estos higos buenos, así me interesaré en favor de los desterrados de Judá que yo eché de este lugar al país de los caldeos. Pondré la vista en ellos para su bien, los devolveré a este país, los reconstruiré para no derrocarlos y los plantaré para no arrancarlos. Les daré corazón para conocerme, pues yo soy Yahveh, y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues volverán a mí con todo su corazón. Pero igual que a los higos malos, que no se pueden comer de malos - sí, así dice Yahveh -, así haré al rey Sedecías, a sus principales y al resto de Jerusalén: a los que quedaren en este país, y a los que están en el país de Egipto. Haré de ellos el espantajo, una calamidad, de todos los reinos de la tierra; el oprobio y el ejemplo, la burla y la maldición por dondequiera que los empuje, daré suelta entre ellos a la espada, al hambre y a la peste, hasta que sean acabados de sobre el solar que di a ellos y a sus padres.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La historia no es una elección entre buenos y malos realizada según criterios humanos. No es como la fruta, sobre todo como los higos de dos cestos colocados uno frente al otro, un cesto lleno de higos dulces, como los primerizos, y el otro, en cambio, lleno de fruta tan mala que no se podía comer. Conocer y señalar los signos de los tiempos significa entender la voluntad divina, leer la historia como el Señor la lee y la guía. Pero las apariencias pueden engañar. Tras la primera deportación a Babilonia, era fácil determinar que los exiliados en la capital del imperio de Nabucodonosor eran los más pecadores, los rechazados por el Señor, los verdaderos culpables. En cambio, los que se habían quedado en Jerusalén, empezando por el rey Sedecías, se sentían justos, porque el rey caldeo los había salvado de la deportación. La historia se mueve según el designio de Dios y no según el de los hombres. Y el Señor muestra su preferencia por los pobres y los afligidos, los perseguidos y los presos. Los deportados a Babilonia tendrán todas las bendiciones: volverán a casa y nunca más serán desplazados. Por el contrario, los supervivientes del país, con Sedecías a la cabeza, serán expulsados del país y no volverán. Como dice Jesús: «Muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros» (Mt 19,30). Los que se sentían seguros no encontrarán su sitio, mientras que los pobres, los últimos, ocuparán los primeros puestos. El curso de la historia depende del Señor que la guía con fuerza, pero nunca prepotente y siempre nuevo. Lo importante es entrar en la alianza de amor que Él propone a su pueblo, basada en un corazón que lo conozca y lo reconozca como al único Señor al que se puede confiar la vida. Pertenecer a Dios es la fuente de la felicidad. Volver a Él es la fuente de toda bienaventuranza. Como leemos en el mismo profeta Jeremías: «Esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel… pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (31,33).


31/08/2013
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