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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de Moisés. Tras ser llamado por el Señor, liberó de la esclavitud de Egipto al pueblo de Israel y lo guió hacia la «tierra prometida».


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 26,1-24

Al principio del reinado de Yoyaquim, hijo de Josías, rey de Judá, fue dirigida a Jeremías esta palabra de Yahveh: Así dice Yahveh: Párate en el patio de la Casa de Yahveh y habla a todas las ciudades de Judá, que vienen a adorar en la Casa de Yahveh, todas las palabras que yo te he mandado hablarles, sin omitir ninguna. Puede que oigan y se torne cada cual de su mal camino, y yo me arrepentiría del mal que estoy pensando hacerles por la maldad de sus obras. Les dirás, pues: "Así dice Yahveh: Si no me oís para andar según mi Ley que os propuse, oyendo las palabras de mis siervos los profetas que yo os envío asiduamente (pero no habéis hecho caso), entonces haré con esta Casa como con Silo, y esta ciudad entregaré a la maldición de todas las gentes de la tierra." Oyeron los sacerdotes y profetas y todo el pueblo a Jeremías decir estas palabras en la Casa de Yahveh, y luego que hubo acabado Jeremías de hablar todo lo que le había ordenado Yahveh que hablase a todo el pueblo, le prendieron los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo diciendo: "¡Vas a morir! ¿Por qué has profetizado en nombre de Yahveh, diciendo: "Como Silo quedará esta Casa, y esta ciudad será arrasada, sin quedar habitante"?" Y se juntó todo el pueblo en torno a Jeremías en la Casa de Yahveh. Oyeron esto los jefes de Judá, y subieron de la casa del rey a la Casa de Yahveh, y se sentaron a la entrada de la Puerta Nueva de la Casa de Yahveh. Y los sacerdotes y profetas, dirigiéndose a los jefes y a todo el pueblo, dijeron: "¡Sentencia de muerte para este hombre, por haber profetizado contra esta ciudad, como habéis oído con vuestros propios oídos!" Dijo Jeremías a todos los jefes y al pueblo todo: "Yahveh me ha enviado a profetizar sobre esta Casa y esta ciudad todo lo que habéis oído. Ahora bien, mejorad vuestros caminos y vuestras obras y oíd la voz de Yahveh vuestro Dios, y se arrepentirá Yahveh del mal que ha pronunciado contra vosotros. En cuanto a mí, aquí me tenéis en vuestras manos: haced conmigo como mejor y más acertado os parezca. Empero, sabed de fijo que si me matáis vosotros a mí, sangre inocente cargaréis sobre vosotros y sobre esta ciudad y sus moradores, porque en verdad Yahveh me ha enviado a vosotros para pronunciar en vuestros oídos todas estas palabras." Dijeron los jefes y todo el pueblo a los sacerdotes y profetas: "No merece este hombre sentencia de muerte, porque en nombre de Yahveh nuestro Dios nos ha hablado." Y se levantaron algunos de los más viejos del país y dijeron a toda la asamblea del pueblo: Miqueas de Moréset profetizaba en tiempos de Ezequías, rey de Judá, y dijo a todo el pueblo de Judá: Así dice Yahveh Sebaot: Sión será un campo que se ara,
Jerusalén se hará un montón de ruinas,
y el monte de la Casa un otero salvaje. ¿Por ventura le mataron Ezequías, rey de Judá, y todo Judá?, ¿no temió a Yahveh y suplicó a la faz de Yahveh, y se arrepintió Yahveh del daño con que les había amenazado? Mientras que nosotros estamos haciéndonos mucho daño a nosotros mismos." Pero también hubo otro que decía profetizar en nombre de Yahveh - Urías hijo de Semaías de Quiryat Yearim - el cual profetizó contra esta ciudad y contra esta tierra enteramente lo mismo que Jeremías, y oyó el rey Yoyaquim y todos sus grandes señores y jefes sus palabras, y el rey buscaba matarle. Enteróse Urías, tuvo miedo, huyó y entró en Egipto. Pero envió el rey Yoyaquim a Elnatán, hijo de Akbor, y otros con él a Egipto, y sacaron a Urías de Egipto y lo trajeron al rey Yoyaquim, quien lo acuchilló y echó su cadáver a la fosa común. Gracias a que Ajicam, hijo de Safán, defendió a Jeremías, impidiendo entregarlo en manos del pueblo para matarle.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El texto se abre con la invitación a Jeremías de ir al Templo. El Señor le pide: «habla a todas las ciudades de Judá, que vienen a adorar en el templo del Señor, todas las palabras que yo te he mandado hablarles, sin omitir ninguna». Y añade: «Puede que oigan y se torne cada cual de su mal camino, y yo me arrepentiría del mal que estoy pensando hacerles por la maldad de sus obras». Pero luego le pide que les advierta: «Si no me oís para andar según mi Ley que os propuese, oyendo las palabras de mis siervos los profetas que yo os envío asiduamente (pero no habéis hecho caso), entonces haré con este templo como con Siló, y esta ciudad entregaré a la maldición de todas las gentes de la Tierra». Son palabras muy duras, las que el Señor dirige al profeta. Y este sabe que debe comunicarlas a todos fielmente, pues el destino de la ciudad depende de si las escuchan o no y de si las observan o no. También de ello depende el destino del profeta. Y el destino de los profetas nos lo recuerda Jesús cuando dice: yo (el Señor) «les enviaré profetas… a algunos los matarán y perseguirán» (Lc 11,49). El profeta vive dominado por una vocación que no pone límites a la Palabra divina. Y su propia libertad se identifica con la valentía de comunicar lo que el Señor le ha ordenado decir. El profeta –y todo creyente está llamado a serlo– no habla calculando que no haya peligros para su vida. Como hijo y amigo de la Palabra que se le ha confiado, la comunica a tiempo y a destiempo, como dirá el apóstol. Está ligado a su misión; no puede renunciar al llamamiento que ha recibido. Y Jeremías experimenta la amargura de no ser escuchado. Escribe el texto: «Luego que hubo acabado Jeremías de hablar todo lo que le había ordenado el Señor que hablase a todo el pueblo, le prendieron los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo». Es lo mismo que le pasará a Jesús, que será arrestado por aquellos que no querían reconocerle como el Mesías, el Ungido del Señor. Ni Jeremías ni Jesús hablaron de ellos mismos ni pensaron en su incolumidad. Ambos hablaron en el nombre de Dios y se dirigieron al corazón de la gente. Algunos aceptaron las palabras de Jeremías y entendieron que eran por el bien de todos. Su sabiduría los llevó a oponerse a las decisiones de los jefes del templo que estaban preocupados solo por mantener la institución que representaban y controlaban. Y Jeremías pudo esquivar a la muerte. Algunos que habían aceptado su palabra y se habían alejado de la «maldad de sus obras» (v. 3) lo salvaron. Y la Palabra de Señor no se pierde entre los intereses inconfesables de los responsables del templo. El mundo se salva cuando hay personas justas y rectas que reconocen la voz de Dios e intentan que prevalezca sobre la confusión y la mentira.


04/09/2013
Memoria de los santos y de los profetas


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