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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de la beata Madre Teresa de Calcuta.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 27,1-22

(Al principio del reinado de Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá, fue dirigida esta palabra a Jeremías de parte de Yahveh:) Así me ha dicho Yahveh: "Hazte unas coyundas y un yugo, póntelo sobre la cerviz, y envíalos al rey de Edom, al rey de Moab y al rey de los ammonitas, al rey de Tiro y al rey de Sidón por medio de los embajadores que vienen a Jerusalén a ver a Sedecías, rey de Judá, y dales estas instrucciones para sus señores: "Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Así diréis a vuestros señores: Yo hice la tierra, el hombre y las bestias que hay sobre la haz de la tierra, con mi gran poder y mi tenso brazo, y lo di a quien me plugo. Ahora yo he puesto todos estos países en manos de mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia, y también los animales del campo le he dado para servirle (y todas las naciones le servirán a él, a su hijo y al hijo de su hijo, hasta que llegue también el turno a su propio país - y le reducirán a servidumbre muchas naciones y reyes grandes -). Así que las naciones y reinos que no sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y que no sometan su cerviz al yugo del rey de Babilonia, con la espada, con el hambre y con la peste los visitaré - oráculo de Yahveh - hasta acabarlos por medio de él. Vosotros, pues, no oigáis a vuestros profetas, adivinos, soñadores, augures ni hechiceros que os hablan diciendo: "No serviréis al rey de Babilonia", porque cosa falsa os profetizan para alejaros de sobre vuestro suelo, de suerte que yo os arroje y perezcáis. Pero la nación que someta su cerviz al yugo de Babilonia y le sirva, yo la dejaré tranquila en su suelo - oráculo de Yahveh - y lo labrará y morará en él." A Sedecías, rey de Judá, le hablé en estos mismos términos, diciendo: "Someted vuestras cervices al yugo del rey de Babilonia, servidle a él y a su pueblo, y quedaréis con vida. (¿A qué morir tú y tu pueblo por la espada, el hambre y la peste, como ha amenazado Yahveh a aquella nación que no sirva al rey de Babilonia?) ¡No oigáis, pues, las palabras de los profetas que os dicen: "No serviréis al rey de Babilonia", porque cosa falsa os profetizan, pues yo no les he enviado - oráculo de Yahveh - y ellos andan profetizando en mi Nombre falsamente; no sea que yo os arroje, y perezcáis vosotros y los profetas que os profetizan." Y a los sacerdotes y a todo este pueblo les hablé diciendo: "Así dice Yahveh: No oigáis las palabras de vuestros profetas que os profetizan diciendo: "He aquí que el ajuar de la Casa de Yahveh va a ser devuelto de Babilonia en seguida", porque cosa falsa os profetizan. (No les hagáis caso. Servid al rey de Babilonia y quedaréis con vida. ¿Para qué ha de quedar esta ciudad arrasada?) Y si ellos son profetas y la palabra de Yahveh les acompaña, que conjuren, ea, a Yahveh Sebaot para que los objetos que quedaron en la Casa de Yahveh, en la casa del rey de Judá y en Jerusalén no vayan a Babilonia. Porque así dice Yahveh Sebaot de las columnas, del Mar, de las basas y de los demás objetos que quedaron en esta ciudad, de los cuales no se apoderó Nabucodonosor, rey de Babilonia, al deportar a Jeconías, hijo de Yoyaquim, rey de Judá, de Jerusalén a Babilonia (así como a todos los nobles de Judá y Jerusalén). Sí, porque así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel, respecto a los objetos que quedaron en la Casa de Yahveh, en la casa del rey de Judá y en Jerusalén: A Babilonia serán llevados (y allí estarán hasta el día que yo los visite) - oráculo de Yahveh - (y entonces los subiré y devolveré a este lugar)."

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La página del profeta se abre con una singular acción simbólica que Dios pide al profeta: «Hazte unas coyundas y un yugo, póntelos sobre la cerviz». Es el símbolo de la sumisión que los pueblos de la región deben tener ante el rey Nabucodonosor. El Señor pide a los embajadores que hay en Jerusalén que vayan al rey para transmitirle, tras haber visto el yugo en el cuello del profeta, estas palabras: «Yo hice la Tierra, el hombre y las bestias que hay sobre la faz de la Tierra, con mi gran poder y mi tenso brazo, y lo di a quien me plugo. Ahora yo he puesto todos estos países en manos de mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia, y también los animales del campo le he dado para servirle». Nabucodonosor deberá saber que todo está en manos de Dios y que también su reino sucumbirá ante otros. Decir eso no es más que afirmar que la historia está en manos de Dios aunque los hombres no sepan comprenderla. El profeta Isaías advierte de que los caminos del Señor no son nuestros caminos y sus pensamientos no son los nuestros (cfr. Is 55,8). En aquel tiempo todos, tanto en Jerusalén como en las capitales de los reinos cercanos de Judá, pensaban que podían derrotar al gran Nabucodonosor. Solo Jeremías profetiza lo contrario: todos «servirán al rey de Babilonia» (v. 9). El gesto simbólico del yugo es evidente: con las coyundas y el yugo al cuello muestra cómo será la historia, qué futuro desea el Señor. Escuchando al Señor el profeta había comprendido profundamente la evolución de los acontecimientos. No se trataba de una previsión fundamentada en razones geoestratégicas, sino de una mirada espiritual, es decir, según Dios. Él es quien hizo «la Tierra, el hombre y las bestias» (v. 5). Y es él quien permite que el rey de los caldeos domine las regiones que se extienden desde el Mediterráneo hasta el Éufrates. Pero la hora de los caldeos conocerá el fin y serán los persas, con Ciro, los que ocupen su lugar como gran potencia regional. La historia pertenece a Dios, que se mantiene firme a lo largo de la historia. En realidad, todos los reinos de la Tierra son «como la hierba» que «se seca» y desaparece: solo «la palabra de nuestro Dios permanece por siempre» (Is 40,8). Y la primera carta de Pedro continúa: «esta es la palabra: la Buena Nueva anunciada a vosotros» (1,25). Es inútil preguntarse si el ajuar del Templo permanecerá en Jerusalén o si lo llevarán a Babilonia. La verdadera preocupación de los que llevan su fe en el corazón es comunicar el Evangelio de vida y de paz, sabiendo que el Señor sostiene el mundo con su amor y que todo queda en sus manos providentes y misericordiosas.


05/09/2013
Memoria de la Iglesia


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