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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 38,1-28

Oyeron Sefatías, hijo de Mattán, Guedalías, hijo de Pasjur, hijo de Malkiyías, las palabras que Jeremías hablaba a todo el pueblo: Así dice Yahveh: Quien se quede en esta ciudad, morirá de espada, de hambre y de peste, mas el que se entregue a los caldeos vivirá, y eso saldrá ganando. Así dice Yahveh: Sin remisión será entregada esta ciudad en mano de las tropas del rey de Babilonia, que la tomará." Y dijeron aquellos jefes al rey: "Ea, hágase morir a ese hombre, porque con eso desmoraliza a los guerreros que quedan en esta ciudad y a toda la plebe, diciéndoles tales cosas. Porque este hombre no procura en absoluto el bien del pueblo, sino su daño." Dijo el rey Sedecías: "Ahí le tenéis en vuestras manos, pues nada podría el rey contra vosotros." Ellos se apoderaron de Jeremías, y lo echaron a la cisterna de Malkiyías, hijo del rey, que había en el patio de la guardia, descolgando a Jeremías con sogas. En el pozo no había agua, sino fango, y Jeremías se hundió en el fango. Pero Ebed Mélek el kusita - un eunuco de la casa del rey - oyó que habían metido a Jeremías en la cisterna. El rey estaba sentado en la puerta de Benjamín. Salió Ebed Mélek de la casa del rey, y habló al rey en estos términos: Oh mi señor el rey, está mal hecho todo cuanto esos hombres han hecho con el profeta Jeremías, arrojándole a la cisterna. Total lo mismo se iba a morir de hambre, pues no quedan ya víveres en la ciudad. Entonces ordenó el rey a Ebed Mélek el kusita: "Toma tú mismo de aquí treinta hombres, y subes al profeta Jeremías del pozo antes de que muera." Ebed Mélek tomó consigo a los hombres y entrando en la casa del rey, al vestuario del tesoro, tomó allí deshechos de paños y telas, y con sogas los descolgó por la cisterna hasta Jeremías. Dijo Ebed Mélek el kusita a Jeremías: "Hala, ponte los deshechos de paños y telas entre los sobacos y las sogas." Así lo hizo Jeremías, y halando a Jeremías con las sogas le subieron de la cisterna. Y Jeremías se quedó en el patio de la guardia. Entonces el rey Sedecías mandó traer al profeta Jeremías a la entrada tercera que había en la Casa de Yahveh, y dijo el rey a Jeremías: "Yo te pregunto una cosa: no me ocultes nada." Dijo Jeremías a Sedecías: "Si te soy sincero, seguro que me matarás; y aunque te aconseje, no me escucharás." El rey Sedecías juró a Jeremías en secreto: "Por vida de Yahveh, y por la vida que nos ha dado, que no te haré morir ni te entregaré en manos de estos hombres que andan buscando tu muerte." Dijo Jeremías a Sedecías: "Así dice Yahveh, el Dios Sebaot, el Dios de Israel: Si sales a entregarte a los jefes del rey de Babilonia, vivirás tú mismo y esta ciudad no será incendiada: tanto tú como los tuyos viviréis. Pero si no te entregas a los jefes del rey de Babilonia, esta ciudad será puesta en manos de los caldeos e incendiada, y tú no escaparás de sus manos." Dijo el rey Sedecías a Jeremías: "Me preocupan los judíos que se han pasado a los caldeos, no vaya a ser que me entreguen en sus manos, y éstos hagan mofa de mí." Pero replicó Jeremías: "No te entregarán. ¡Ea!, oye la voz de Yahveh en esto que te digo, que te resultará bien y quedarás con vida. Mas si rehusas a salir, esto es lo que me ha mostrado Yahveh. Mira que todas las mujeres que han permanecido en la casa del rey de Judá serán sacadas adonde los jefes del rey de Babilonia, e irán diciendo: Te empujaron y pudieron contigo
aquellos con quienes te saludabas.
Se hundieron en el lodo tus pies,
hiciéronse atrás. Y a todas tus mujeres y tus hijos irán sacando adonde los caldeos, y tú no escaparás de ellos, sino que en manos del rey de Babilonia serás puesto, y esta ciudad será incendiada." Entonces dijo Sedecías a Jeremías: "Que nadie sepa nada de esto, y no morirás. Aunque se enteren los jefes de que he estado hablando contigo, y viniendo a ti te digan: "Decláranos qué has dicho al rey sin ocultárnoslo, y así no te mataremos, como también lo que el rey te ha hablado", tú les dirás: "He pedido al rey la gracia de que no se me devuelva a casa de Jonatán a morirme allí."" En efecto, vinieron todos los jefes a Jeremías, le interrogaron, y él les respondió conforme a lo que queda dicho que le había mandado el rey: y ellos quedaron satisfechos, porque nada se sabía de lo hablado. Así quedó Jeremías en el patio de la guardia, hasta el día en que fue tomada Jerusalén. Ahora bien, cuando fue tomada Jerusalén...

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El profeta está en peligro. Los jefes políticos y militares de la ciudad de Jerusalén son más fuertes que el mismo rey, Sedecías, y son ellos los que dominan la situación. Ni siquiera el rey tiene poder sobre ellos (v. 5). Y no pueden tolerar que Jeremías hable al pueblo sobre la rendición ante el ejército caldeo, siguiendo lo que el Señor le ha comunicado. Para aquellos jefes solo existe un criterio, el que se basa en la lógica humana. Ni siquiera son capaces de entender el discurso de Jeremías que brota de la voluntad de Dios, que es Señor de la historia. Muchas veces también a nosotros nos cuesta entender que no son nuestras convicciones, las que deben guiarnos, sino la palabra del Evangelio. Jeremías es acusado de traición porque predica la sumisión a los caldeos. No es así. El profeta comunica al pueblo la necesidad de hacer la paz con los caldeos, y evitar así que la ciudad sea destruida y que sus habitantes sean deportados a Babilonia. El discurso del profeta es análogo a lo que Jesús expone en la parábola del rey que decide enviar una embajada de paz viendo que con su ejército no puede derrotar al rey que va a luchar contra él con un ejército dos veces más fuerte que el suyo (cfr. Lucas 14,31-32). A menudo el designio de Dios y la prudencia humana coinciden. Pero no todos son contrarios a Jeremías. Ebedmélec, el etíope, un eunuco que servía en el palacio real, se dio cuenta de que el profeta había sido puesto en una cisterna llena de barro y fue al rey a pedirle que lo sacaran porque, de lo contrario, moriría. Le dijo: «Está mal hecho todo cuanto esos hombres (los jefes) han hecho» (v. 9). Y el rey, también él a escondidas, decide que saquen a Jeremías fuera del pozo y lo salva. El bien siempre encuentra a sus defensores que arriesgan su vida –o bien la ofrecen– para que los derechos de los perseguidos y de los pobres prevalezcan y sean preservados. Jesús, el amigo bueno de los hombres, dio su vida para que el perdón llene la Tierra y sean rescatados aquellos que están en pecado (cfr. Mc 10,45).


25/09/2013
Memoria de los santos y de los profetas


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