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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de los santos Cosme y Damián, mártires sirios. La tradición los recuerda como médicos que curaban gratuitamente a los enfermos. Especial recuerdo de los que se dedican a la atención y la curación de los enfermos.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jeremías 39,1-18

En el año nueve de Sedecías, rey de Judá, el décimo mes, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén, y la sitiaron. En el año once de Sedecías, el cuarto mes, el nueve del mes, se abrió una brecha en la ciudad, y entraron todos los jefes del rey de Babilonia y se instalaron en la Puerta Central: Nergal Sareser, Samgar Nebo, Sar Sekim, jefe superior, Nergal Sareser, alto funcionario y todos los demás jefes del rey de Babilonia. Al verles Sedecías, rey de Judá, y todos los guerreros, huyeron de la ciudad salieron de noche camino del parque del rey por la puerta que está entre los dos muros, y se fueron por el camino de la Arabá. Las tropas caldeas les persiguieron y dando alcance a Sedecías en los llanos de Jericó, le prendieron y le subieron a Riblá, en tierra de Jamat, adonde Nabucodonosor, rey de Babilonia, que lo sometió a juicio. Y el rey de Babilonia degolló a los hijos de Sedecías en Riblá a la vista de éste; luego el rey de Babilonia degolló a toda la aristocracia de Judá, y habiendo cegado los ojos a Sedecías le ató con doble cadena de bronce para llevárselo a Babilonia. Los caldeos incendiaron la casa del rey y las casas del pueblo y demolieron los muros de Jerusalén; cuanto al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, a los desertores que se habían pasado a él y a los artesanos restantes los deportó Nebuzaradán, jefe de la guardia, a Babilonia. En cuanto a la plebe baja, los que no tienen nada, hízoles quedar Nebuzaradán, jefe de la guardia, en tierra de Judá, y en aquella ocasión les dio viñas y parcelas. Nabucodonosor, rey de Babilonia, había dado instrucciones a Nebuzaradán, jefe de la guardia, respecto a Jeremías en este sentido: Préndele y tenle a la vista; y no le hagas daño alguno, antes harás con él lo que él mismo te diga. Entonces (Nebuzaradán, jefe de la guardia) Nebusazbán, jefe superior, Nergal Sareser, oficial superior, y todos los grandes del rey de Babilonia enviaron en busca de Jeremías, y lo confiaron a Godolías, hijo de Ajicam, hijo de Safán, para que le hiciese salir a casa, y permaneció entre la gente. Estando Jeremías detenido en el patio de la guardia, le había sido dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Vete y dices a Ebed Mélek el kusita: Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Mira que yo hago llegar mis palabras a esta ciudad para su daño, que no para su bien, y tú serás testigo en aquel día, pero yo te salvaré a ti aquel día - oráculo de Yahveh - y no serás puesto en manos de aquellos cuya presencia evitas temeroso, antes bien te libraré, y no caerás a espada. Saldrás ganando la propia vida, porque confiaste en mí - oráculo de Yahveh.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En Jerusalén, tras caer en manos de los caldeos, parece que ya no haya espacio para la esperanza. La ocupación convierte a los caldeos en dominadores. En realidad no es así. El Dios de Israel sigue siendo el único Señor de Jerusalén y de la Tierra. Él es quien sigue rigiendo los destinos de la historia y sigue guiándola. En sus manos está la vida de cada hombre y de cada mujer. Es cierto que Sedecías, que cae preso y termina en manos de Nabucodonosor, rey del imperio neobabilonio, corre la suerte cruel que Jeremías le había profetizado. Sedecías no escuchó la voz de Dios, y siguió a los jefes del pueblo que habían decidido ir a la guerra rechazando el diálogo por la paz. El resultado trágico fue la destrucción de Jerusalén, convertida en lugar de muerte y desierto de fe. La insensata resistencia del rey de Judá ha llevado al país a la esclavitud y a la destrucción de Jerusalén. El inicio del libro de las Lamentaciones, atribuidas según la tradición griega de los Setenta al mismo Jeremías, expresa bien la situación en la que se encuentra Jerusalén: «¡Qué solitaria se encuentra la otrora Ciudad populosa!… Llora que llora de noche… el Señor la ha afligido, pues son muchos sus delitos» (1,1-2.5). Jeremías y el eunuco Ebedmédec encuentran la salvación porque confían en el Señor. El profeta y el siervo del rey confiaron en Dios y salvaron su vida. Dice el Señor: «Te libraré, y no caerás a espada. Saldrás ganando la propia vida, porque confiaste en mí» (v. 18). Quien confía en el Señor se salva de la muerte, como canta el salmista: «El Señor es mi fuerza y mi escudo, en él confía mi corazón» (28,7). La sustancia de la fe es vivir la confianza en el Señor, abandonarse en sus manos. La fe es lo que hace posible lo que a ojos humanos parece imposible. Quien confía en Dios no es defraudado, repite la Santa Escritura.


26/09/2013
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