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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primero de los Macabeos 1,29-40

Dos años después, envió el rey a las ciudades de Judá al Misarca, que se presentó en Jerusalén con un fuerte ejército. Habló dolosamente palabras de paz y cuando se hubo ganado la confianza, cayó de repente sobre la ciudad y le asestó un duro golpe matando a muchos del pueblo de Israel. Saqueó la ciudad, la incendió y arrasó sus casas y la muralla que la rodeaba. Sus hombres hicieron cautivos a mujeres y niños y se adueñaron del ganado. Después reconstruyeron la Ciudad de David con una muralla grande y fuerte, con torres poderosas, y la hicieron su Ciudadela. Establecieron allí una raza pecadora de rebeldes, que en ella se hicieron fuertes. La proveyeron de armas y vituallas y depositaron en ella el botín que habían reunido del saqueo de Jerusalén. Fue un peligroso lazo. Se convirtió en asechanza contra el santuario,
en adversario maléfico para Israel en todo tiempo. Derramaron sangre inocente en torno al santuario y lo profanaron. Por ellos los habitantes de Jerusalén huyeron;
vino a ser ella habitación de extraños,
extraña para los que en ella nacieron,
pues sus hijos la abandonaron. Quedó su santuario desolado como un desierto,
sus fiestas convertidas en duelo,
sus sábados en irrisión,
su honor en desprecio. A medida de su gloria creció su deshonor,
su grandeza se volvió aflicción.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Antíoco, queriendo reforzar su poder sobre Jerusalén, envía a un lugarteniente con un fuerte ejército. Se trata de un tal Apolonio, como nos dice el segundo libro de los Macabeos (5,24). Apolonio, con una treta, engaña a los judíos y entra nuevamente en Jerusalén. Allí asesina y saquea, hace esclavos y se apodera del ganado, y decide construir en Jerusalén una ciudadela fortificada, conocida por su nombre griego: Akra. Desde aquella roca puede controlar toda la ciudad y su territorio. La convierte en el nuevo centro neurálgico del movimiento helenista. Era una decisión estratégica: la construyeron «con una muralla grande y fuerte, con torres poderosas, y la hicieron su Ciudadela». En su interior, continúa el texto, «establecieron una raza pecadora de rebeldes», y continúa diciendo: «Se convirtió en asechanza contra el santuario, en adversario maléfico para Israel en todo tiempo». El rey había querido romper la cohesión del pueblo de Israel conquistando la ciudad y tomando el control absoluto del área, impidiendo así cualquier reacción y reconstrucción judía. Al inicio de la narración vemos la astucia del lugarteniente que engaña a los judíos para entrar a la ciudad. Es un episodio lejano que nos invita a reflexionar sobre la responsabilidad que tienen los creyentes de defender la comunidad de los ataques del «adversario maléfico», de no dejar resquicios para quien quiere destruirla o debilitarla. Y a hacerlo empezando por el corazón. Sí, un corazón que debilita su fe abre una hendidura al enemigo que está a punto para entrar. Y eso es más fácil que pase si la comunidad de creyentes se debilita. ¡Cuántas veces el pecado de los creyentes se hace cómplice de aquellos que quieren desmontar la vida de la comunidad! Es indispensable que vigilemos para que la vida común –que es el tesoro de la Iglesia y el mensaje que debe ofrecer al mundo– no corra peligro. El «enemigo», el «demonio» está siempre a las puertas, dispuesto a dividir y a destruir. Un pueblo cohesionado, como lo era el judío, era intolerable para Antíoco. Por eso decidió dividirlo. Y hubo quien lo hizo posible. Y el enemigo pudo entrar. Son muy duras estas palabras del texto: la ciudad se convirtió en «habitación de extraños, extraña para los que en ella nacieron… Quedó su santuario desolado como un desierto, sus fiestas convertidas en duelo, sus sábados en irrisión, su honor en desprecio». Son palabras que nos ayudan a comprender la responsabilidad que tiene cada uno de nosotros en la edificación y en la defensa de la comunión de amor de la que nos ha hecho partícipes el Señor.


02/10/2013
Memoria de los santos y de los profetas


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