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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primero de los Macabeos 1,54-64

El día quince del mes de Kisléu del año 145 levantó el rey sobre el altar de los holocaustos la Abominación de la desolación. También construyeron altares en las ciudades de alrededor de Judá. A las puertas de las casas y en las plazas quemaban incienso. Rompían y echaban al fuego los libros de la Ley que podían hallar. Al que encontraban con un ejemplar de la Alianza en su poder, o bien descubrían que observaba los preceptos de la Ley, la decisión del rey le condenaba a muerte. Actuaban violentamente contra los israelitas que sorprendían un mes y otro en las ciudades; el día veinticinco de cada mes ofrecían sacrificios en el ara que se alzaba sobre el altar de los holocaustos. A las mujeres que hacían circuncidar a sus hijos las llevaban a la muerte, conforme al edicto, con sus criaturas colgadas al cuello. La misma suerte corrían sus familiares y los que habían efectuado la circuncisión. Muchos en Israel se mantuvieron firmes y se resistieron a comer cosa impura. Prefirieron morir antes que contaminarse con aquella comida y profanar la alianza santa; y murieron. Inmensa fue la Cólera que descargó sobre Israel.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El pasaje empieza con una fecha que quedó grabada en la memoria de los judíos por la gravedad de lo sucedido. El 25 de diciembre de 167 a.C., cumpleaños del rey Antíoco, fue colocado sobre el altar del holocausto del Templo un ídolo, «Abominación de la Desolación», y quedó inaugurado su culto. Quedaba así traicionada en el corazón del templo la alianza que Judá había establecido con Dios. Aquella alianza se restableció tres años más tarde, el mismo día, cuando Judá celebró la dedicación del nuevo altar (4,52). A aquel primer acto sacrílego le siguieron, por desgracia, muchos otros en las distintas ciudades de Judá. Y para borrar definitivamente de la memoria incluso el mero recuerdo de Dios, el rey ordenó destruir los libros de la Ley. Los enviados del rey se pusieron manos a la obra y «rompían y echaban al fuego los libros de la Ley que podían hallar». Habían comprendido cuánto apreciaban los judíos aquellos rollos santos. En aquellos textos se guardaban las palabras de la Alianza que debían transmitirse de generación en generación. Más que en los muros y en los altares, la Palabra de Dios se guardaba en aquellos rollos. El rey y sus siervos, que lo habían comprendido, los buscaban por todas partes: «Al que encontraban con un ejemplar de la Alianza en su poder, o bien descubrían que observaba los preceptos de la Ley, era condenado a muerte por decisión real». La caza a los devotos judíos y la caza a los libros santos coincidían. A pesar de eso, muchos creyentes afrontaron la persecución con valentía y permanecieron fieles al Señor. Es sorprendente que todavía en la actualidad pase lo mismo que pasó entonces. Algunos cristianos (tanto católicos como evangélicos u ortodoxos) son asesinados porque tienen una Biblia. Sí, tener la Biblia llega a convertirse en crimen. También en nuestros días hay mártires de la Palabra de Dios. No hay más que pensar en lo que sucedió en América central en los años ochenta del siglo pasado, cuando muchos catequistas y religiosos tenían que esconder su Biblia, pues poseer una era motivo de muerte. O en Turquía y en Asia central, donde algunos cristianos fueron asesinados a causa de las biblias que llevaban. Se podría decir que el «enemigo» sabe perfectamente que las Santas Escrituras son la fuerza tanto de los judíos como de los cristianos. En ellas se encuentra la Palabra de Dios: detenerla, impedir que resuene, obstaculizar su camino, significa dejar muda a la comunidad y privar de luz al mundo. Escuchar y poner en práctica las Santas Escrituras es la manera de los cristianos de acoger y comunicar a los hombres de todas las generaciones el sueño de Dios por el mundo. Las oposiciones, las persecuciones –que el autor resume en la expresión «inmensa fue la cólera que descargó sobre Israel»– son en realidad algo dramático pero que purifica y refuerza el testimonio de los creyentes.


05/10/2013
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