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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de Zacarías y de Isabel, que en su vejez concibió a Juan el Bautista.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primero de los Macabeos 8,1-32

La fama de los romanos llegó a oídos de Judas. Decían que eran poderosos, se mostraban benévolos con todos los que se les unían, establecían amistad con cuantos acudían a ellos (y eran poderosos). Le contaron sus guerras y las proezas que habían realizado entre los galos, cómo les habían dominado y sometido a tributo; todo cuanto habían hecho en la región de Espanña para hacerse con las minas de plata y oro de allí, cómo se habían hecho dueños de todo el país gracias a su prudencia y perseverancia (a pesar de hallarse aquel país a larga distancia del suyo); a los reyes venidos contra ellos desde los confines de la tierra, los habían derrotado e inferido fuerte descalabro, y los demás les pagaban tributo cada año; habían vencido en la guerra a Filipo, a Perseo, rey de los Kittim, y a cuantos se habían alzado contra ellos, y los habían sometido; Antíoco el Grande, rey de Asia, había ido a hacerles la guerra con 120 elefantes, caballería, carros y tropas muy numerosas, y fue derrotado, le apresaron vivo y le obligaron, a él y a sus sucesores en el trono, a pagarles un gran tributo, a entregar rehenes y a ceder algunas de sus mejores provincias: la provincia índica, Media y Lidia, que le quitaron para dárselas al rey Eumeno; los de Grecia habían concebido el proyecto de ir a exterminarlos, y en sabiéndolo los romanos, enviaron contra ellos a un solo general, les hicieron la guerra, mataron a muchos de ellos, llevaron cautivos a sus mujeres y niños, saquearon sus bienes, subyugaron el país, arrasaron sus fortalezas y les sometieron a servidumbre hasta el día de hoy; a los demás reinos y a las islas, a cuantos en alguna ocasión les hicieron frente, los destruyeron y redujeron a servidumbre. En cambio, a sus amigos y a los que en ellos buscaron apoyo, les mantuvieron su amistad. Tienen bajo su dominio a los reyes vecinos y a los lejanos y todos cuantos oyen su nombre les temen. Aquellos a quienes quieren ayudar a conseguir el trono, reinan; y deponen a los que ellos quieren. Han alcanzado gran altura. No obstante, ninguno de ellos se ciñe la diadema ni se viste de púrpura para engreírse con ella. Se han creado un Consejo, donde cada día 320 consejeros deliberan constantemente en favor del pueblo para mantenerlo en buen orden. Confían cada año a uno solo el mando sobre ellos y el dominio de toda su tierra. Todos obedecen a este solo hombre sin que haya entre ellos envidias ni celos. Judas eligió a Eupólemo, hijo de Juan, y de Haqcós, y a Jasón, hijo de Eleazar, y los envió a Roma a concertar amistad y alianza, para sacudirse el yugo de encima, porque veían que el reino de los griegos tenía a Israel sometido a servidumbre. Partieron, pues, para Roma y luego de un larguísimo viaje, entraron en el Consejo, donde tomando la palabra, dijeron: Judas, llamado Macabeo, sus hermanos y el pueblo judío nos han enviado donde vosotros para concertar con vosotros alianza y paz y para que nos inscribáis en el número de vuestros aliados y amigos.» La propuesta les pareció bien. Esta es la copia de la carta que enviaron a Jerusalén, grabada en planchas de bronce, para que fuesen allí para ellos documento de paz y alianza: «Felicidad a los romanos y a la nación de los judíos por mar y tierra para siempre. Lejos de ellos la espada y el enemigo. Pero, si le sobreviene una guerra primero a Roma o a cualquiera de sus aliados en cualquier parte de sus dominios, la nación de los judíos luchará a su lado, según las circunstancias se lo dicten, de todo corazón. No darán a los enemigos ni les suministrarán trigo, armas, dinero ni naves. Así lo ha decidido Roma. Guardarán sus compromisos sin recibir compensación alguna. De la misma manera, si sobreviene una guerra primero a la nación de los judíos, los romanos lucharán a su lado, según las circunstancías se lo dicten, con toda el alma. No darán a los combatientes trigo, armas, dinero ni naves. Así lo ha decidido Roma. Guardarán sus compromisos sin dolo. En estos términos se han concertado los romanos con el pueblo de los judíos. Si posteriormente unos y otros deciden añadir o quitar algo, lo podrán hacer a su agrado, y lo que añadan o quiten será valedero. «En cuanto a los males que el rey Demetrio les ha causado, le hemos escrito diciéndole: "¿Por qué has hecho sentir pesadamente tu yugo sobre nuestros amigos y aliados los judíos? Si otra vez vuelven a quejarse de ti, nosotros les haremos justicia y te haremos la guerra por mar y tierra."»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El capítulo ocho está dedicado a la alianza que los judíos establecieron con los romanos. El autor, quizás para contrarrestar la oposición de los que consideraban contraria a la tradición judía la alianza con pueblos paganos, destaca no solo la bondad de la iniciativa sino también su oportunidad. Roma, que el siglo II a.C. ya había extendido su imperio por todo el Mediterráneo, sin duda había impresionado a aquel pequeño pueblo oprimido por los dos grandes imperios de Oriente Medio. El autor así lo indica: «La fama de los romanos llegó a oídos de Judas. Decían que eran poderosos, se mostraban benévolos con todos los que se les unían, establecían amistad con cuantos acudían a ellos (y eran poderosos)» (v. 1). En el texto se explican de manera sintética una de las victorias romanas que daban razón de la fuerza de Roma. Se recuerdan las operaciones militares en la Galia –quizás el término gálatas no se refiere al Asia menor sino a las poblaciones del norte de Europa– y luego en España. La atención, pues, se desplaza a Macedonia, donde los romanos el año 197 habían derrotado al rey Filipo V. Se hace referencia a Antíoco («Antíoco el Grande, rey de Asia»), que «había ido a hacerles la guerra con ciento veinte elefantes, caballería, carros y tropas muy numerosas, y fue derrotado» (v. 6). Es evidente que destaca el extraordinario poder que habían alcanzado los romanos, hasta el punto que: «Aquellos a quienes quieren ayudar a conseguir el trono, reinan; y deponen a los que ellos quieren. Han alcanzado gran altura» (v. 13). Pero –destaca el texto– a diferencia de los estados de Oriente, el poder de los romanos no estaba asociado a una dinastía hereditaria y despótica. No obstante, «ninguno de ellos se ciñe la diadema ni se viste de púrpura para engreírse con ella» (v. 14). Y eso probablemente permitió que en el Imperio Romano hubiera tolerancia religiosa, garantizada por una legislación de tipo civil y no teocrática. «Se han creado un Consejo, donde cada día trescientos veinte consejeros deliberan constantemente en favor del pueblo para mantenerlo en buen orden. Confían cada año a uno solo el mando sobre ellos y el dominio de toda su tierra. Todos obedecen a este solo hombre sin que haya entre ellos envidias ni celos» (vv. 15-16). Judas, para librarse del juego del helenismo, decidió estipular un tratado de alianza y de amistad con los romanos. Para ello envió a dos plenipotenciarios a Roma, Eupólemo y Jasón, para que firmaran el acuerdo. Judas pensaba que se emancipaba del poder griego, pero en realidad daba el primer paso hacia el dominio romano sobre la región.


05/11/2013
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