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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primero de los Macabeos 10,51-89

Alejandro envió embajadores a Tolomeo, rey de Egipto, con el siguiente mensaje: «Vuelto a mi reino, me he sentado en el trono de mis padres y ocupado el poder después de derrotar a Demetrio y hacerme dueño de nuestro país; porque trabé combate con él y luego de derrotarle a él y a su ejército, nos hemos sentado en su trono real. Establezcamos, pues, vínculos de amistad entre nosotros y dame a tu hija por esposa; seré tu yerno y te haré, como a ella, presentes dignos de ti.» El rey Tolomeo le contestó diciendo: «¡Dichoso el día en que, vuelto al país de tus padres, te sentaste en el trono de su reino! Pues bien, haré por tí lo que has escrito. Pero ven a encontrarme en Tolemaida donde nos veamos el uno al otro, y te tomaré por yerno como has dicho.» Tolomeo partió de Egipto llevando consigo a su hija Cleopatra y llegó a Tolemaida. Era el año 162. El rey Alejandro fue a su encuentro, y Tolomeo le entregó a su hija Cleopatra y celebró la boda en Tolemaida con la gran magnificencia que suelen los reyes. El rey Alejandro escribió a Jonatán que fuera a verle. Partió éste con gran pompa hacia Tolemaida, se entrevistó con los reyes, les dio a ellos y a sus amigos plata y oro, les hizo numerosos presentes y halló gracia a sus ojos. Entonces se unieron contra él algunos rebeldes, peste de Israel, para querellarse de él, pero el rey no les hizo ningún caso; antes bien, dio orden de que le quitaran a Jonatán sus vestidos y le vistieran de púrpura. Cumplida la orden, le hizo el rey sentar a su lado y dijo a sus capitanes: «Salid con él por medio de la ciudad y anunciad a voz de heraldo que nadie le levante acusación alguna ni le molesten por ningún motivo.» Sus acusadores, que vieron el honor que a voz de heraldo se le hacía y a él vestido de púrpura, huyeron todos. El rey, queriendo honrarle, le inscribió entre sus primeros amigos y le nombró estratega y meridarca. Jonatán regresó a Jerusalén con paz y alegría. El año 165, Demetrio, hijo de Demetrio, vino de Creta al país de sus padres. Al enterarse el rey Alejandro, quedó muy disgustado y se volvió a Antioquía. Demetrio confirmó a Apolonio como gobernador de Celesiria, el cual, juntando un numeroso ejército, acampó en Yamnia y envió a decir a Jonatán, sumo sacerdote: «Tú eres el único en levantarte contra nosotros, y por tu causa he venido a ser yo objeto de irrisión y desprecio. ¿Por qué ejerces tu poder contra nosotros desde las montañas? Si es que tienes confianza en tus fuerzas, baja ahora a encontrarte con nosotros en la llanura y allí nos mediremos, que conmigo está la fuerza de las ciudades. Pregunta y sabrás quién soy yo y quiénes los auxiliares nuestros. Ellos dicen que no podréis manteneros frente a nosotros, que ya dos veces tus padres fueron derrotados en su país, y que ahora no podrás resistir a la caballería y a un ejército tan grande en la llanura donde no hay piedra, ni roca, ni lugar donde huir.» Cuando Jonatán oyó las palabras de Apolonio, se le sublevó el espíritu. Escogió 10.000 hombres y partió de Jerusalén. Su hermano Simón fué a su encuentro para ayudarle. Acampó frente a Joppe. Los de la ciudad le cerraron las puertas, porque había en Joppe una guarnición de Apolonio. La atacaron y la gente de la ciudad, atemorizada, les abrió las puertas, y Jonatán se hizo dueño de Joppe. Cuando Apolonio se enteró, puso en pie de guerra 3.000 jinetes y un numeroso ejército y partió en dirección a Azoto, como que quería pasar por allí, pero al mismo tiempo se iba adentrando en la llanura porque tenía mucha caballería y confiaba en ella. Jonatán fue tras él persiguiéndole hacia Azoto y ambos ejércitos trabaron combate. Había dejado Apolonio mil jinetes ocultos a espaldas de ellos. Se dio cuenta Jonatán de que a sus espaldas había una emboscada. Estos rodearon su ejército y dispararon tiros sobre la tropa desde la mañana hasta el atardecer; pero la tropa se mantuvo firme, como lo había ordenado Jonatán, y los caballos de los enemigos se cansaron. Sacó entonces Simón su ejército y atacó a la falange - pues ya la caballería estaba agotada - la derrotó y puso en fuga, mientras la caballería se desbandaba por la llanura. En su huida llegaron a Azoto y entraron en Bet Dagón, el templo de su ídolo, para salvarse. Pero Jonatán prendió fuego a Azoto y a las ciudades que la rodeaban , se hizo con el botín y abrasó el templo de Dagón y a los que en él se habían refugiado. Los muertos por la espada y los abrasados por el fuego fueron unos 8.000 hombres. Partió de allí Jonatán y acampó frente a Ascalón, donde los habitantes salieron a recibirle con grandes honores. Luego Jonatán regresó a Jerusalén con los suyos, cargados de rico botín. Cuando el rey Alejandro se enteró de estos acontecimientos, concedió nuevos honores a Jonatán, le envió una fíbula de oro, como es costumbre conceder a los parientes de los reyes, y le dio en propiedad Acarón y todo su territorio.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Alejandro, tras la victoria sobre Demetrio, se traslada de Tolemaida al palacio real de Antioquía. Desde allí envía a sus embajadores a Tolomeo, rey de Egipto, para comunicarle su toma de poder. Quiere sellar una alianza mediante el matrimonio con la hija de este, Cleopatra. Alejandro, por su parte, queriendo establecer una alianza con Jonatán, lo invita a su fiesta de bodas, donde está presente también Tolomeo. Durante el banquete, a pesar de la oposición de algunos hombres considerados «peste de Israel» (v. 61), Jonatán recibe la investidura oficial y es revestido de púrpura, recibe el título de «primer amigo» del rey, y con un edicto es nombrado general (strategós) y gobernador (meridárche) de la amplia región de Judea. Es una narración que recuerda la historia de José, cuando fue proclamado vicerrey de Egipto. Nos encontramos en el imperio seléucida y el pueblo de Israel depende siempre de las dependencias del Gobierno central de Antioquía. Pero, aun estando en una situación de dependencia, Jonatán logra obtener para su pueblo la mejor de las condiciones posibles. Es el camino de la salvación que recorre la historia de los hombres y sigue su itinerario a veces tortuoso. Tres años después aparece en escena un nuevo pretendiente al trono, Demetrio II, hijo del asesinado Demetrio I. Tras zarpar de Creta con mercenarios encabezados por Lástenes (11,31), Demetrio desembarcó en Cilicia y pronto se convirtió en una seria amenaza para Alejandro que se apresuró a volver a su país para fortificar Antioquía. Demetrio confió a Apolonio –probablemente el mismo que había ayudado a su padre, Demetrio I, a huir a Roma– la región de Celesiria, es decir la provincia occidental del imperio seléucida que se extiende desde el Éufrates hasta la frontera con Egipto. Apolonio entró inmediatamente en acción y asedió Yamnia. Jonatán respondió al ataque intentando flanquear al adversario: salió de Jerusalén con diez mil hombres y, con la ayuda de su hermano Simón que acudió en su ayuda, tomó Jaifa para cortar las vías de comunicación y de abastecimiento de Apolonio. Pero Apolonio reaccionó con astucia: fingió retirarse hacia Asdod. Luego se adentró en la llanura pero dejó tras de sí a un nutrido destacamento de caballería, para cercar a Jonatán, que cayó en la trampa. Jonatán, a pesar de todo, logró resistir y, cuando la caballería del adversario ya era presa del cansancio, con la ayuda de los hombres de Simón (que probablemente había mantenido como reserva), se lanzó contra el enemigo ya debilitado y lo derrotó. Jonatán siguió a los fugitivos hasta Asdod. Sumió en llamas la ciudad y con ella también las de los alrededores asesinando a los que se refugiaban en la fortaleza de Bet Dagón. Jonatán volvió triunfante a Jerusalén. Alejandro, satisfecho por la victoria, lo recompensó dándole Acarón y sus territorios y nombrándolo «pariente de los reyes», es decir, miembro de la clase más elevada entre los dignatarios de las cortes helenísticas con el privilegio de llevar una fíbula de oro que abrochaba el manto de púrpura en el hombro.


13/11/2013
Memoria de los santos y de los profetas


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