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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primero de los Macabeos 15,25-41

El rey Antíoco, pues, tenía puesto cerco a Dora en los arrabales, lanzaba sin tregua sus tropas contra la ciudad y construía ingenios de guerra. Tenía bloqueado a Trifón y nadie podía entrar ni salir. Simón le envió 2.000 hombres escogidos para ayudarle en la lucha, además de plata, oro y abundante material. Pero no quiso recibir el envío; antes bien rescindió cuanto había convenido anteriormente con Simón y se mostró hostil con él. Envió donde él a Atenobio, uno de sus amigos, a entrevistarse con él y decirle: «Vosotros ocupáis Joppe, Gázara y la Ciudadela de Jerusalén, ciudades de mi reino. Habéis devastado sus territorios, causado graves daños en el país y os habéis adueñado de muchas localidades de mi reino. Devolved, pues, ahora las ciudades que habéis tomado y los impuestos de las localidades de que os habéis adueñado fuera de los límites de Judea. O bien, pagad en compensación quinientos talentos de plata y otros quinientos talentos por los estragos que habéis causado y por los impuestos de las ciudades. De lo contrario iremos y os haremos la guerra.» Llegó, pues, Atenobio, el amigo del rey, a Jerusalén y al ver la magnificencia de Simón, su aparador con vajilla de oro y plata y todo el esplendor que le rodeaba, quedó asombrado. Le comunicó el mensaje del rey y Simón le respondió con estas palabras: «Ni nos hemos apoderado de tierras ajenas ni nos hemos apropiado bienes de otros, sino de la heredad de nuestros padres. Por algún tiempo la poseyeron injustamente nuestros enemigos y nosotros, aprovechando una ocasión favorable, hemos recuperado la heredad de nuestros padres. En cuanto a Joppe y Gázara que nos reclamas, esas ciudades causaban graves daños al pueblo y asolaban nuestro país. Por ellas daremos cien talentos.» No respondió palabra Atenobio, sino que se volvió furioso donde el rey y le refirió la respuesta, la magnificencia de Simón y todo lo que había visto. El rey montó en violenta cólera. Trifón, embarcado en una nave, huyó a Ortosia. Entonces el rey nombró a Cendebeo epistratega de la Zona Marítima y le entregó tropas de infantería y de caballería, con la orden de acampar frente a Judea, construir Cedrón, fortificar sus puertas y combatir contra el pueblo. El rey partió en seguimiento de Trifón. Cendebeo llegó a Yamnia y comenzó a hostigar al pueblo, efectuar incursiones por Judea, capturar prisioneros y matar. Reconstruyó Cedrón donde alojó caballería y tropas para recorrer en salidas los caminos de Judea como se lo tenía ordenado el rey.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El autor retoma la narración del asedio de Dora por parte de Antíoco, asedio en el que participó Simón enviando una cantidad destacada de hombres y material. Como respuesta, el rey envió un emisario, Atenobio, a Simón para pedir la devolución de la localidad conquistada por los judíos o al menos, una indemnización: «Devolved ahora las ciudades que habéis tomado y los impuestos de las localidades de que os habéis adueñado fuera de los límites de Judea. O bien, pagad en compensación quinientos talentos de plata y otros quinientos talentos por los estragos que habéis causado y por los impuestos de las ciudades. De lo contrario, iremos y os declararemos la guerra» (30-31). Simón respondió a Atenobio justificando que tuvieran los territorios mencionados porque se trataba de tierras pertenecientes a Israel que el enemigo le había sustraído. A pesar de las exigencias concretas de la política seléucida, los macabeos, al igual que todos los verdaderos yahvistas, nunca habían cedido la posesión de la tierra santa a pueblos extranjeros. Simón, aun así, estaba dispuesto a pagar una indemnización por Jope y Gázara. Pero el rey se enfureció cuando su enviado volvió con esta respuesta. Trifón, mientras tanto, había logrado huir del cerco y llegó al puerto de Ortosia, ciudad de la costa fenicia, al norte de Trípoli. Antíoco, irritado por la respuesta de Simón, empezó a buscar a Trifón, al que encontró finalmente en Apamea, donde lo capturó y lo asesinó. Luego encargó a Cendebeo, un funcionario de la corte, que vigilara la región costera fenicia y que la convirtiera en la base para atacar al pueblo judío. Este empezó a reorganizar la zona y a lanzar ataques contra los judíos: «Cendebeo llegó a Yamnia y comenzó a hostigar al pueblo, efectuando incursiones por Judea, capturando prisioneros y asesinando. Reconstruyó Cedrón, donde alojó caballería y tropas para recorrer en salidas los caminos de Judea, como se lo tenía ordenado el rey» (40-41). El capítulo termina bruscamente interrumpiendo a la mitad la narración que continúa en el capítulo siguiente. No obstante se ve cada vez más claramente el decaimiento de los motivos religiosos para la defensa del pueblo de Israel, mientras que se imponen cada vez más los motivos relacionados con la sed de poder que se infiltran entre los seguidores de los macabeos.


28/11/2013
Memoria de la Iglesia


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