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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 18,12-14

¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las 99 no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús pronuncia las palabras del Evangelio que hemos escuchado en un momento de polémica con los fariseos, que pretendían ser la guía del pueblo de Israel. Jesús estigmatiza la actitud puritana de los fariseos que se vuelve áspera e intolerante con quien es débil y se equivoca, y presenta por el contrario al buen pastor cuya primera virtud es la misericordia. Por eso narra la parábola de la oveja perdida: “¿Qué ocurre si una oveja se pierde?”. La reacción espontánea del pastor -pero de un pastor bueno y atento a cada oveja- es dejar las demás en lugar seguro y ponerse a buscar la oveja perdida. Y la búsqueda no acaba hasta que la encuentra. Al hacer la búsqueda, el buen pastor no se pone a pensar en la culpa de la oveja, es decir, en si se ha equivocado o no. Lo que cuenta es la responsabilidad del pastor de no perder ninguna, por encima de lo que las ovejas hayan podido hacer. El extravío, incluso de una sola, no disminuye el cuidado del pastor hacia ella, es más, lo acrecienta. Este es el sentido profundo de esta brevísima página evangélica que toca las profundidades de la responsabilidad fraternal que debemos tener los unos hacia los otros. El evangelista añade después que si la encuentra –desgraciadamente no siempre la búsqueda llega a buen término- “tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas”. Y, saliendo de la parábola, Jesús aclara que la voluntad del Padre es que ninguno se pierda. Es más, ha mandado a su propio Hijo precisamente para esto, para encontrar lo que se había perdido. Ante el poco cuidado que muchas veces tenemos los unos de los otros, el Señor, por el contrario, cuida de cada uno a partir de los que se han extraviado. La mirada de Dios se posa sobre cada persona y de cada una se hace cargo con gran amor y responsabilidad. He aquí la calidad que debe tener el amor en la vida de las comunidades cristianas; un amor no sólo no masificado –como desgraciadamente muchas veces ocurre- sino que se dirige a cada uno como si fuese el único. Cada discípulo debe tener el mismo cuidado que tiene Dios hacia cada hermano y hermana. De un amor como éste es de donde nace la alegría y la fiesta de la fraternidad. Escuchando esta página evangélica no podemos no interrogarnos sobre la cualidad del amor que tenemos entre nosotros y en nuestras comunidades cristianas. ¡Cuántos se debilitan y a veces incluso se alejan sin que nadie se haga cargo de ellos! Jesús, buen pastor, nos llama a la primacía del amor por los demás, sobre todo de los débiles y de quien se deja llevar por el pecado, por la concentración sobre sí, y por la soledad de este mundo.


10/12/2013
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