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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 6,45-52

Inmediatamente obligó a sus discípulos a subir a la barca y a ir por delante hacia Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar. Al atardecer, estaba la barca en medio del mar y él, solo, en tierra. Viendo que ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar y quería pasarles de largo. Pero ellos viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero él, al instante, les habló, diciéndoles: «¡Animo!, que soy yo, no temáis.» Subió entonces donde ellos a la barca, y amainó el viento, y quedaron en su interior completamente estupefactos, pues no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Comentando esta página evangélica, los Padres de la Iglesia comparan la barca en medio del lago con la comunidad cristiana (y con cada discípulo) que atraviesa el mar de la vida. La experiencia de todos los creyentes es, en efecto, constatar que el viento de este mundo (su cultura consumista y su mentalidad egocéntrica, el someterse a la esclavitud del mercado y al hedonismo a toda costa) sopla al contrario que el Evangelio. En todo caso, por encima de las muchas promesas falaces del mundo, la travesía de la vida no es nunca sencilla y mucho menos es posible pensarla siquiera exenta de obstáculos. Por esto, ante las primeras dificultades ineludibles, es todavía más fácil dejarse llevar por el miedo y caer en la espiral de la tristeza y el extravío. En una cultura materialista y egocéntrica es todavía más fácil pensar que el Evangelio es una palabra vacía, casi como un fantasma. Y si lo creían los discípulos al ver a Jesús, ¿cuánto más podemos creerlo también nosotros, dominados como estamos por nuestros fantasmas? Pero Jesús se sigue mostrando y repitiendo: “No temáis”. Sí, nos lo repite también a nosotros, discípulos del último momento y en todo caso miedosos ante las dificultades del tiempo que estamos viviendo. Es una palabra que nos llega con una fuerza especial, también porque Jesús conoce bien nuestra incredulidad y nuestros límites. Por esto no sólo se acerca y nos exhorta, sino que él mismo sube a la barca. Su presencia amorosa calma el viento de inmediato. La seguridad de los discípulos, su paz, su esperanza, está precisamente en el tomar a Jesús con ellos y en volver a poner en él toda la confianza, sobre todo en los momentos difíciles de la vida. El Señor no es un fantasma; es el amigo más verdadero y más fuerte. En Navidad lo hemos contemplado y recibido como un niño, pequeño e indefenso, pero a la vez muy fuerte. Hoy es como un pastor sabio y bueno que nos conduce y nos protege. En verdad, tanto de niño como de adulto, Jesús nos recuerda que la fuerza verdaderamente poderosa es el amor. El amor, tal y como aparece en el Evangelio, es a la vez la debilidad del niño, porque no está marcado por la arrogancia, y la fuerza de quien camina incluso sobre las aguas agitadas por los vientos y las calma. El amor de Dios, en su mansedumbre y misericordia, es más fuerte que todo mal, incluso que aquellas olas de muerte que no cesan de abatirse sobre los hombres y que parecen irresistibles. Aquel niño las ha vencido ya, y con ellas también la última ola, la de la muerte.


09/01/2014
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