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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 5,12-16

Y sucedió que, estando en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra que, al ver a Jesús, se echó rostro en tierra, y le rogó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme.» El extendió la mano, le tocó, y dijo: «Quiero, queda limpio.» Y al instante le desapareció la lepra. Y él le ordenó que no se lo dijera a nadie. Y añadió: «Vete, muéstrate al sacerdote y haz la ofrenda por tu purificación como prescribió Moisés para que les sirva de testimonio.» Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades. Pero él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El evangelista Lucas nos sigue presentando la misión de Jesús. Es la forma con la que cada día podemos vivir nuestro discipulado. Sí, escuchar el Evangelio cada día y acogerlo en el corazón es la forma primera y fundamental de ser discípulos. En efecto, la escucha de la página evangélica no es como la lectura de un libro, aunque leamos un capítulo detrás de otro. Cuando leemos el Evangelio se produce nuestro encuentro con Jesús en el corazón. Así nos volvemos contemporáneos de Jesús, partícipes de la escena evangélica que escuchamos con nuestros oídos. Hoy, también nosotros encontramos junto a Jesús a aquel leproso que se abre camino entre la multitud y que, superando las prohibiciones de la ley, se echa a sus pies. Qué ejemplo de fe para nosotros, que tantas veces permanecemos distantes, alejados de Jesús, tanto con el cuerpo porque no participamos en la Santa Liturgia, como con la mente dado que fácilmente nos olvidamos de él y de sus palabras. Aquel leproso, que verdaderamente deseaba ayuda y consuelo, supera dificultades objetivas y se postra a los pies de Jesús. Por lo demás, había escuchado que aquel hombre bueno no alejaba a nadie y que se inclinaba hacia todos con amor y misericordia. En efecto, también Jesús, venciendo reglas y tradiciones -y nos vienen a la mente las barreras que ponemos con los extranjeros, con los gitanos o los enfermos-, cuando ve al leproso no sólo no lo aleja sino que lo “toca con la mano”. Es un gesto que abate la barrera que separa al sano del leproso, y que sobre todo supera todo miedo. Esa mano que se extiende no es un gesto furtivo de valentía, es más bien la garantía de la cercanía de un amor que permanece. Se puede decir que ese gesto es el reflejo del amor que Jesús siente hacia el Padre. Lo mismo hizo Francisco de Asís cuando bajó del caballo y besó al leproso: “lo que antes me parecía repugnante, ahora me parece dulce”, escribe en el testamento poco antes de morir recordando este episodio. La multitud corría para estar junto a Jesús, para tocarlo, para escuchar su palabra. Es verdad que Jesús no lo evitaba, pero no se paraba para regocijarse en los honores, lo que sería más que comprensible. Él no ha venido para sí mismo sino para el Padre. Por esto se retira de inmediato para rezar. Sabía que del Padre venía toda fuerza. Si eso es cierto para Jesús, ¡cuánto más para nosotros! Su nacimiento es una invitación a hacerle espacio en nuestra vida, para que su presencia traiga frutos buenos de conversión y de vida buena.


11/01/2014
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