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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de don Andrea Santoro, sacerdote romano asesinado en Trebisonda, Turquía.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 6,1-6

Salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio.» Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús regresa a Nazaret. Su fama se había extendido más allá de su región nativa y había llegado hasta Jerusalén. Muchos habían ido a escucharle. Todos los presentes, a pesar de conocerle bien, quedaron maravillados por sus palabras. Y se hacían la pregunta adecuada, la que debería abrir a la fe: "¿De dónde le viene esto?". Si hubieran recordado las antiguas palabras que oyó Moisés: "El Señor tu Dios te suscitará, de en medio de ti, de entre tus hermanos, un profeta como yo: a él escucharéis" (Dt 18,15), habrían acogido no solo las palabras sino al mismo Jesús como enviado de Dios. Por desgracia los habitantes de Nazaret se quedaron con el carácter ordinario de su presencia: no habían imaginado a un enviado de Dios así; pensaban que un profeta debía tener rasgos extraordinarios o prodigiosos, o al menos los de la fuerza y el poder humano.
Jesús, en cambio, se presentaba como un hombre normal. Además, hasta ellos sabían que era de un entorno modesto: "¿No es este el hijo del carpintero?", se decían entre ellos. Ser carpintero no daba una reputación especial. En el libro del Eclesiástico se lee: "no se les busca para el consejo del pueblo, ni ocupan puestos de honor en la asamblea. No se sientan en el sitial del juez, ni comprenden las disposiciones del derecho. No son capaces de enseñar ni de juzgar, ni se cuentan entre los que dicen máximas. Pero ellos aseguran la creación eterna, y su oración tiene por objeto las tareas de su oficio" (38,32-34). La familia de Jesús era una familia normal, ni rica ni indigente. No parecía gozar de especial estima por parte de los ciudadanos de Nazaret: "¿No es el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?", continuaban preguntándose los oyentes de la sinagoga. En definitiva, para los nazarenos Jesús no tenía nada en absoluto que pudiera distinguirle de ellos. Reconocían en él sin duda una notable sabiduría y una relevante capacidad taumatúrgica, pero la verdadera cuestión era que no aceptaban que les hablara con autoridad sobre su vida y sobre su comportamiento. Por eso la maravilla pronto se transformó en escándalo. "Y se escandalizaban a causa de él", añade el evangelista. Y lo que parecía un triunfo se convirtió en un fracaso total.
¿Pero cuál es el escándalo? Los habitantes de Nazaret, podríamos decir, estaban orgullosos de tener a un conciudadano famoso; era un orgullo que Jesús fuera conocido como orador contundente, que hiciera prodigios y que diera notoriedad a su pequeña ciudad. Pero había algo que no soportaban: que un hombre como él, al que todos conocían perfectamente, pudiera tener autoridad sobre ellos, es decir, pretender en nombre de Dios que cambiaran su vida, su corazón y sus sentimientos. Todo eso no lo podían aceptar si provenía de uno de ellos. Y con todo ese es el escándalo de la encarnación: Dios actúa a través del hombre, con toda la pequeñez y la debilidad de la carne; Dios no se sirve de gente fuera de lo común, sino de personas corrientes; no se presenta con prodigios o palabras extravagantes, sino más bien con la simple palabra evangélica y con los gestos concretos de la caridad. El Evangelio predicado y la caridad vivida son los signos ordinarios de la extraordinaria presencia de Dios en la historia. El apóstol Pablo escribe a los corintios: "los judíos piden signos y los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles... La locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que los hombres... Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es" (1 Co 1,22-25.27-28).
Sabemos que esta lógica evangélica no es bien recibida por la mentalidad común (de la que todos somos hijos). Jesús lo experimenta directamente en Nazaret. Y con amargura afirma: "Un profeta solo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio". Si el libro de los Evangelios pudiera hablar, sin duda, lamentaría la soledad en la que a menudo queda relegado; y tendría motivos para acusarnos a nosotros, "los de casa", por todas las veces que lo dejamos al margen de la vida, mudo, para que no hable y no actúe. Los hombres de Dios, los profetas, lo saben bien. "!Ay de mí, madre mía, que me diste a luz para ser varón discutido y debatido por todo el país", grita Jeremías (15,10). Y Ezequiel -lo leemos en la primera lectura- oyó preanunciar el mismo drama: "te envío a los israelitas, nación rebelde, que se han rebelado contra mí". También ellos, como Jesús, constatan a menudo el fracaso de su palabra. Pero el Señor añade: "Escuchen o no escuchen, ya que son casa rebelde, sabrán que había un profeta en medio de ellos". Dios es fiel, siempre. La Palabra no calla y el Evangelio será siempre predicado. Quien lo acoge y lo pone en práctica salva su vida.
Quien se comporta como los habitantes de Nazaret, es decir, quien no acepta la autoridad de Jesús sobre su vida, impide que el Señor obre. Está escrito que en Nazaret Jesús no pudo hacer milagros. No es que no quisiera, si no que "no podía". Sus conciudadanos querían que hiciera algún milagro, pero no habían entendido que no se trataba de hacer prodigios o magia al servicio de su propia fama. El milagro es la respuesta de Dios a aquellos que tienden la mano y piden ayuda. Ninguno de ellos la tendió. En todo caso, planteaban exigencias. No es ese el camino para ir con el Señor. Dios no escucha a quien es orgulloso. Más bien dirige su mirada hacia el humilde y el pobre, hacia el enfermo y el necesitado. En Nazaret, de hecho, Jesús solo pudo curar a algunos enfermos: los que invocaban ayuda mientras pasaba. Felices nosotros si, distanciándonos de la mentalidad de los nazarenos de la sinagoga, nos ponemos junto a los enfermos que estaban fuera y que pedían ayuda al joven profeta que pasaba.


05/02/2014
Memoria de los santos y de los profetas


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