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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 6,30-34

Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. El, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.» Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Los apóstoles vuelven con Jesús y le cuentan lo que han hecho y enseñado. Es hermosa esta imagen, que nos ilustra la familiaridad de los apóstoles con Jesús, y la alegría de poder contarle todo lo que había sucedido. Lucas 10 subraya la alegría de aquellos setenta y dos que Jesús había enviado cuando le cuentan cómo su palabra había derrotado al mal. La misión proporciona alegría: cuando se acepta salir de uno mismo e ir hacia las periferias del mundo –como diría papa Francisco- para comunicar la palabra y la misericordia de Jesús, se experimenta una gran alegría y paz interior. Sin embargo esta alegría debe consolidarse. La fuerza de la palabra de Jesús, que cambia, cura, salva del mal, necesita momentos vividos en compañía de Jesús, de otro modo se queda en un entusiasmo pasajero. ¡Y cuántas veces se entusiasma uno quizá con una iniciativa llevada a buen fin para caer luego en el desánimo! A veces falta la base, los cimientos; falta la linfa que da vida a la acción de los cristianos, y así acaba uno siendo dominado por el momento, las sensaciones, el éxito o el fracaso. Nos exaltamos, y después nos deprimimos o nos desanimamos. Por esto Jesús no se contenta con que las cosas hayan ido bien, y dice a los discípulos: “Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco”. Ese reposo es el reposo de la escucha y de la oración: “Venid también vosotros aparte” es la invitación cotidiana de Jesús a estar con él. Cuando Jesús “instituye” a los Doce, el grupo de los apóstoles, se dice que en primer lugar debían “estar con él”: “Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios” (Mc 3, 14-15). Estar con Jesús es la primera tarea de quien es llamado a ser su discípulo. Toda iniciativa, aunque sea admirable, si no tiene su fundamento en la escucha y la oración no llevará consigo la fuerza que viene del estar con Jesús. Por ello es necesario preguntarnos cuánto tiempo de nuestras jornadas pasamos con el Señor, en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, ante la Eucaristía. La Iglesia nos ofrece tantos modos de “estar con Jesús”, y no debemos decir que nos falta tiempo porque nosotros siempre tenemos tiempo. Sólo aquellos que estan con Él tendrán el pan necesario para dar de comer a la multitud de necesitados de nuestro mundo; de otro modo permanecerán impotentes y sin respuestas.


08/02/2014
Vigilia del domingo


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