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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 8,34-38

Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús acaba de revelar a sus discípulos los sufrimientos que le esperan en Jerusalén. De hecho no se presenta como un Mesías triunfador según la mentalidad corriente de aquel tiempo; al contrario, deberá sufrir mucho. Por otro lado no puede callar sobre este punto que le afecta personalmente, y que también afectará la vida de todo discípulo. El evangelista Marcos hace hablar a Jesús directamente a la multitud que le sigue: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. En efecto, el seguimiento de Jesús demanda renegar del propio yo, de la propia autosuficiencia y orgullo. Es necesario “separarse”, tomar distancia de uno mismo. Éste es el sentido de negarse a sí mismo. En un mundo que acostumbra a centrar la vida sobre uno mismo, sobre el yo, la invitación que se dirige a los cristianos es clara: quien quiere segur a Jesús debe aprender a apartarse de sí mismo. Pero no se trata sólo de una perspectiva ascética, de sacrificio, de mortificación: Jesús propone el camino para una vida plena, sólida, buena para uno mismo y para los demás. Por esto añade: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. Quien se repliega sobre sí mismo, quien guarda su vida sólo para sí, piensa sólo en sus propios asuntos, acabará por perder esa misma vida volviéndola triste y árida. Por el contrario, la vida se multiplica, es decir, se hace mucho más rica, si se gasta por el Evangelio, siguiendo a Jesús y ayudándole para que se instaure su reino de amor. El discípulo, siguiendo a su Maestro, participa en el mismo sueño de Dios, que quiere la salvación de todos los pueblos. Este camino conlleva incluso la cruz. La historia nos lo sigue mostrando: basta pensar en los millones de mártires que a lo largo del siglo XX han sufrido torturas, vejaciones y muerte por amor a Jesús y a su Iglesia. Todavía hoy, al comienzo de este nuevo milenio continúa la larga lista de los que salvan la propia vida ofreciéndola al Señor, donándola en el amor como hizo él. Cada discípulo debe renunciar al amor por sí mismo y tomar la cruz, la que le echan encima los que se oponen al Evangelio, y la que pesa sobre la vida de los débiles, de los pobres, los condenados, los torturados, los excluidos. Quien gasta su vida al servicio del Evangelio y de los pobres –dice Jesús- salva su alma, alcanza la plenitud de la vida.


21/02/2014
Memoria de Jesús crucificado


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