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Iglesia de San Egidio - Roma

Lunes del Ángel
Recuerdo de san Anselmo (1033-1109), monje benedictino y obispo de Canterbury; soportó el exilio por amor a la Iglesia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 28,8-15

Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!» Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.» Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: "Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos." Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones.» Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

La Iglesia, como si no quisiera que saliésemos de la Pascua, nos mantiene en el día de la resurrección. Las mujeres acaban de recibir el anuncio de la resurrección de Jesús por el ángel que les invita a acudir de inmediato a los discípulos y "Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos" (v. 8). Mientras corren hacia la casa donde los discípulos se encontraban, Jesús va a su encuentro y les habla casi con las mismas palabras del ángel: "No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán." El Maestro quiere que el Evangelio de la resurrección sea anunciado a los discípulos que él llama "sus hermanos", como queriendo subrayar el deseo de una familiaridad nueva. Es una invitación que sirve para todos los discípulos, para que a partir de la resurrección experimenten una fraternidad renovada, igual que al comienzo en Galilea. La Pascua debe representar un nuevo renacimiento de todos los discípulos. Sin embargo, no faltan quienes desearían bloquear la Pascua y su fuerza de cambio, para que todo siga como siempre. El evangelista narra que los jefes religiosos, asustados por el relato de los guardias, les corrompen con el dinero y les convencen para que mientan: el cuerpo de Jesús fue robado por los discípulos mientras ellos estaban dormidos. El Evangelio presenta dos testimonios opuestos: el de dos pobres mujeres contra el de los guardias, mucho más creíble. El mundo, es decir, los que habían eliminado a Jesús y su Evangelio, quiere las tumbas selladas y usa la mentira y la corrupción para que no se difunda la noticia de que ha resucitado. El príncipe del mal está dispuesto a todo para que no se divulgue el Evangelio liberador de la victoria de la vida sobre la muerte, de la fuerza irresistible del amor por los demás. Desde aquella primera Pascua, cualquiera que anuncie esta noticia podrá ser llevado ante reyes y jueces para ser condenado. En este mundo nuestro, surge siempre una cultura de muerte, que se abre paso en todas partes y en todas las edades, que quiere bloquear la fuerza de la resurrección, y se concreta con la educación al egoísmo y la concentración sobre sí, que de inmediato se convierte en desprecio por la vida de los demás y por la de quien sufre. La cultura de la muerte droga a los vivos, les embrutece y apaga para que sean esclavos, y justifica el comercio de la muerte: se oculta la comida a los hambrientos, se ofrece la droga a los resignados y se venden las armas a los airados. Además se muere, se muere en muchos países y de muchos modos, en la creencia de que esto sucede por motivos diversos, pero el diseño es el mismo: el de la cultura de muerte que quiere que los hombres sean estúpidos y egoístas desde que son jóvenes. La intimidación y la corrupción quieren silenciar el Evangelio de la vida: no pudieron silenciar al Señor Jesús y le mataron. Quieren silenciar también a sus discípulos. ¡No tengamos miedo! El Evangelio de Pascua nos muestra que bastan dos pobres mujeres, obedientes en todo al Evangelio, para vencer la intriga de los jefes y para hacer correr en la historia el dinamismo de amor de la resurrección de Jesús


21/04/2014
Lunes del ángel


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