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Iglesia de San Egidio - Roma

El pueblo gitano, también el de fe musulmana, celebra la festividad de san Jorge, que murió mártir para liberar a la Iglesia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 6,30-35

Ellos entonces le dijeron: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer.» Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad os digo:
No fue Moisés quien os dio el pan del cielo;
es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios
es el que baja del cielo
y da la vida al mundo.» Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida.
El que venga a mí, no tendrá hambre,
y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Al final del pasaje evangélico anterior está la pregunta que la gente hace a Jesús: "¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?". De hecho, Jesús les había reprendido por buscar sólo su satisfacción. Jesús respondió a su petición: "La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado". No se requiere una gran cantidad de cosas que hacer, como los fariseos afirman, sino una sola: creer en el enviado de Dios. Sin embargo, la multitud insiste en él: “¿Qué signo haces para que viéndolo creamos en ti? ¿Qué obra realizas?". Ante el gran milagro de la multiplicación de los panes que ya tuvo lugar, tal solicitud parece injustificada y pretenciosa. En realidad, la gente aspira a lograr un signo aun más extraordinario que acredite a Jesús como enviado de Dios. Tal vez querían que Jesús resolviera el problema del alimento no sólo para las cinco mil personas que se habían beneficiado del milagro, sino para todo el pueblo de Israel como había ocurrido en la época del maná. De hecho, el recuerdo del maná estaba todavía muy vivo en la tradición de Israel y a menudo era recordado en los libros del Antiguo Testamento; y, con la llegada del Mesías, todos esperaban la repetición de este milagro . De todos modos, aparecen también el egocentrismo de la multitud y la poca confianza en Jesús: no quieren arriesgar nada. Jesús responde a su incredulidad que no es Moisés quien dio el pan venido del cielo, sino que "es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo". Jesús, con las palabras "verdadero pan" , interpreta el maná como imagen del nuevo pan que vendría en el futuro con el Mesías. Era él mismo el nuevo pan, "el pan de Dios " que viene del cielo. Pero la dureza del corazón y la mente de la audiencia no permite entender en profundidad las palabras de Jesús. Siguen interpretando a partir de ellos mismos, sus necesidades y su instinto. No entienden lo que Jesús quiere decir verdaderamente. Esto también nos sucede a nosotros cuando no profundizamos en las palabras del Evangelio porque las escuchamos a partir de nosotros mismos y no de lo que verdaderamente quieren decirnos. Es necesaria una lectura "espiritual" de la Biblia, una lectura hecha en la oración y en la disponibilidad del corazón. La Sagrada Escritura debe escucharse con la ayuda del Espíritu y en la comunión con los demás hermanos. Sin la oración, nos arriesgamos a ponernos delante a nosotros mismos, y no al Señor que nos habla; y sin la comunidad de los hermanos, nuestro "yo" nos impide aquel diálogo amplio para el que la Biblia fue escrita. En este punto, la solicitud de la multitud se corrige: “Señor, danos siempre de ese pan". En realidad, todavía suena falsa, sucede lo mismo también con Nicodemo y con la samaritana en el pozo. Pero Jesús no se echa atrás y con una claridad aun más evidente, dice con solemnidad: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed". Es una afirmación solemne y típica en el Evangelio de Juan. Con estas palabras, Jesús muestra su origen divino. Al hojear las páginas del cuarto Evangelio, vemos que Jesús usa muchas imágenes concretas para hacernos comprender la grandeza de su amor por nosotros: Él es el verdadero pan, la vida verdadera, la verdad, la luz, la puerta, el buen pastor, la vid verdadera, el agua viva... es la resurrección .


06/05/2014
Memoria de la Madre del Señor


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