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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo del profeta Isaías.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 6,52-59

Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo:
si no coméis la carne del Hijo del hombre,
y no bebéis su sangre,
no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre,
tiene vida eterna,
y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre,
permanece en mí,
y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado
y yo vivo por el Padre,
también el que me coma
vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo;
no como el que comieron vuestros padres,
y murieron;
el que coma este pan vivirá para siempre.»
Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este Evangelio nos hace entrar en la segunda parte del discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún sobre el pan de vida. Los que le escuchan, cuando el discurso comienza a hacerse claro y a pedir su participación en el misterio mismo de Jesús, le interrumpen y comienzan a murmurar contra él: no pueden aceptar que aquel joven de Nazaret venga del cielo, enviado por Dios: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Hablan así porque no tienen intención de rebajarse a pedir a uno que ellos piensan que es su igual, la ayuda para su vida, no quieren humillarse para confesar su hambre, para extender la mano al igual que los pobres y los mendigos que necesitan ayuda. En pocas palabras, no quieren depender de él. Se sienten saciados de la vida que llevan, a pesar de que esto no sea verdadero. Sin embargo, es mejor permanecer en las costumbres cotidianas obvias y tristes que involucrarse en un diseño más amplio que pide abandonar su tranquilidad tacaña. Quien está saciado de sí mismo no pide, quien está lleno del propio "yo" no se dobla. En verdad, aunque estemos saciados y rodeados de bienes, comida y palabras, tenemos hambre, hambre de felicidad, hambre de amor. Deberíamos mirar más a los pobres que piden con insistencia e imitarles. Ellos pueden convertirse en los maestros de una nueva vida en una sociedad saciada y consumista, pero siempre triste y corta de miras. Ellos sacan a la luz lo que somos en secreto: mendigos de amor y atención. Los pobres tienen hambre, y no sólo de pan, sino también de amor. Nosotros también. Jesús sigue diciéndonos también a nosotros: "Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros". Para tener la vida no es suficiente querer, no es suficiente entender, es necesario comer, nutrirse del evangelio y del amor de los hermanos. Es necesario que nos convirtamos en mendigos de un pan que el mundo no sabe producir y en cualquier caso no sabe dar. Se nos concede gratuitamente la mesa de la Eucaristía, todos podemos participar en ella, y cada vez que participamos anticipamos el cielo en la tierra. Alrededor del altar encontramos lo que nos quita el hambre y la sed hoy y para la eternidad. De esta comida aprendemos qué es la vida eterna, la que vale la pena vivir: "El que me coma vivirá por mí". La Eucaristía nos modela porque ya no vivimos sólo para nosotros mismos, sino para el Señor y los hermanos. La felicidad y la eternidad de la vida dependen de nuestra capacidad de hacer fructificar el amor evangélico que recibimos en la Eucaristía. Por esto los antiguos Padres decían que los cristianos "viven según el Domingo", precisamente, con la lógica de la Eucaristía, de Jesús que vino a servir y hacer crecer el amor entre los hombres.


09/05/2014
Memoria de Jesús crucificado


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