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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Felipe Neri (1515-1595), “apóstol de Roma”.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 15,26-16,4

Cuando venga el Paráclito,
que yo os enviaré de junto al Padre,
el Espíritu de la verdad, que procede del Padre,
él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio,
porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto
para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas.
E incluso llegará la hora
en que todo el que os mate piense que da culto a Dios.
Y esto lo harán
porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto
para que, cuando llegue la hora,
os acordéis de que ya os lo había dicho.
«No os dije esto desde el principio
porque estaba yo con vosotros.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Señor vuelve a tranquilizar a sus discípulos: es cierto que pronto se separarán, pero ya no para estar lejos. De hecho, el amor que les ha unido y les ha hecho caminar juntos hasta Jerusalén, no terminará. Después de los momentos oscuros de la pasión y muerte, Jesús les reunirá de nuevo a su alrededor una vez resucitado, y la nueva condición de resucitado le permite estar siempre con los discípulos, a donde quiera que vayan. El amor de Jesús, podríamos decir el amor cristiano, no termina con la finalización de la cercanía física. Después de la Pascua, Jesús mismo pide a los discípulos que los unos se confirmen en la fe a los otros y que den testimonio al mundo del amor que les unió a él y que sigue guiándoles por sus caminos. El amor que el Señor derrama en sus corazones desciende, precisamente, desde lo alto, no es fruto de su esfuerzo sino un don especial de Dios y un amor extraordinario: se multiplica viviéndolo y se reduce hasta agotarse si no se practica. Les dice: "Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí". El Espíritu del amor que viene del Padre se transmite a los discípulos por el Hijo. Su fuerza suscita una amistad y un cariño que les une de modo estable y fuerte hasta el punto de hacerles capaces de dar testimonio de la misma fuerza del Espíritu. Jesús les advierte que el testimonio de este amor por parte de los discípulos suscitará siempre contraposiciones y hostilidades por aquellos que no lo conocen, y los enemigos tratarán de poner en peligro la propia vida de los discípulos. Es la triste realidad de las persecuciones que aún hoy se ciernen contra los creyentes. Pero los discípulos no deben tener miedo y mucho menos perder la confianza en su maestro. Jesús no deja a los suyos sin recuersos a merced de las fuerzas ciegas y perversas del mal. Les advierte: "Os he dicho esto para que no os escandalicéis". El Señor no abandona a los suyos a su suerte. Por supuesto, los discípulos tienen en cualquier caso una gran responsabilidad: la de comunicar el evangelio del amor gratuito a este mundo nuestro para que se aleje del mal y del pecado y encuentre el camino de la salvación.


26/05/2014
Memoria de los pobres


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