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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 5,33-37

«Habéis oído también que se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos. Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo , porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén , porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vuestro lenguaje: "Sí, sí"; "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Es la segunda vez que Jesús empieza con la larga expresión: "Habéis oído también que se dijo a los antepasados", abriendo así una segunda serie de ejemplos que ilustran la verdadera justicia. Se recuerdan dos preceptos del Antiguo Testamento. El primero es sobre la declaración ante Dios, con la que se le invoca como testigo de la verdad de una afirmación. El precepto decía: "No juraréis en falso" (Lv 19,12). Cuando el hombre se dirige a Dios y lo invoca como testigo, debe ser absolutamente sincero y honesto, pues de lo contrario injuria a Dios antes que a los demás. El segundo precepto también hace referencia a las relaciones del hombre con Dios, pero bajo otro aspecto. Cuando se hace una promesa hay que mantenerla. Jesús no niega los dos preceptos, sino que los profundiza. No basta con guardarse de los pecados y de las negligencias ante Dios. En definitiva, no basta con evitar el mal. El discípulo debe tener una intimidad más profunda y personal con Dios, tanto más cuando puede ofender su santidad aunque observe escrupulosamente esos dos preceptos, como hacían los fariseos. Por eso Jesús afirma radicalmente: "No juréis en modo alguno", porque ya el hecho de jurar como lo hacían los fariseos anula el respeto que se debe a Dios, que quiere el corazón y no la simple observancia de los preceptos con un corazón frío y lejano. Jesús no condena el juramento, sino que afirma que no debe hacerse cuando se inspira en sentimientos de desconfianza. Hay que recuperar la confianza entre los hombres, hay que alejar aquella desconfianza que implica el suplemento del juramento, porque en ese caso el mismo juramento queda mancillado. Hoy, por desgracia, la confianza recíproca está como desapareciendo a causa del crecimiento desorbitante del "yo" de uno mismo, de aquel amor por uno mismo que comporta la desconfianza hacia los demás. Jesús, por una parte, nos pide la humildad que es la base de las relaciones entre nosotros. Y la humildad va seguida de la verdad y la franqueza. Con cierto humor Jesús advierte que no vale la pena jurar "por tu cabeza", pues no tenemos el poder de hacer volver blanco o negro ni uno solo de nuestros cabellos. Por otra parte, en cambio, Jesús subraya que el Señor creó al hombre y le dio la dignidad de la palabra. Por eso Jesús dice: “Sea vuestro lenguaje: 'Sí, sí', 'no, no': que lo que pasa de aquí viene del Maligno”. Nuestras palabras tienen un peso; por eso no deben ser vanas o ambiguas. A través de ellas se muestra nuestro corazón, del mismo modo que pasa con Dios. El Maligno intenta aumentar su fuerza con la corrupción de las palabras. El discípulo de Jesús debe aprender a saber decir "sí" a la vida que viene del Evangelio y al mismo tiempo debe oponer un no firme a las propuestas que llevan al mal para él y para los demás. Es importante saber decir "no", es decir, imponerse una disciplina del corazón. Decir "sí" al Señor que llama, y decir "no" a seducciones y propuestas que solo aparentemente dejarían entrever un bien para nuestra vida.


14/06/2014
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