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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de Atenágoras (1886-1972), patriarca de Constantinopla, padre del diálogo ecuménico.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 9,18-26

Así les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postró ante él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá.» Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré.» Jesús se volvió, y al verla le dijo: «¡Animo!, hija, tu fe te ha salvado.» Y se salvó la mujer desde aquel momento. Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: «¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida.» Y se burlaban de él. Mas, echada fuera la gente, entró él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y la noticia del suceso se divulgó por toda aquella comarca.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En pocas líneas, el evangelista nos enseña dos milagros de Jesús: la resurrección de la hija de uno de los jefes de los judíos y la de la mujer hemorroísa. Estamos en Cafarnaún, y uno de los jefes de la sinagoga se postra ante él y le suplica: "Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá". Muy probablemente conoce bien a Jesús porque lo ha visto asistir a la sinagoga y tal vez incluso lo ha invitado alguna vez a tomar la palabra. Sin duda conoce la bondad y la misericordia de este joven profeta. Él es la única esperanza que le queda para recuperar a su hija. En él reconocemos el tormento de muchos padres ante la muerte de sus hijos. Su oración contiene muchas oraciones desesperadas por la pérdida prematura de los seres queridos. Sabemos que el sufrimiento es inaceptable para quien ama a la persona. Pero en aquel hombre hay una fe fuerte: cree que Jesús lo puede hacer todo. Es la fe que nos enseña el Señor cuando afirma que no hay nada imposible para Dios. Devolverle la vida a aquella niña no es más que la anticipación de la Pascua y de la definitiva victoria del Señor sobre la muerte. Jesús escucha la oración de aquel padre, se levanta de inmediato y se pone en camino. Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga toma a la niña por la mano, la despierta del sueño de la muerte y le devuelve la vida. El hombre es impotente ante el violento desgarro de la muerte. Confiemos con fe al Señor a aquellos que pierden la vida siendo aún niños o jóvenes y aprendamos del Evangelio a acompañar a quien sufre el dolor de la muerte de sus seres queridos para que crezca la fe consoladora en la Resurrección. Durante el trayecto –Jesús nunca camina sin dejar rastro– una mujer que sufre hemorragias desde hace doce años, piensa que basta con tocar el manto de Jesús para quedar curada. Es una confianza simple que se manifiesta en un gesto aparentemente aún más simple, y además, hecho a escondidas. Jesús se da cuenta, la ve y le dice: “¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado". Mateo resalta que es la palabra de Jesús junto a la fe de aquella pobre mujer lo que lleva a cabo la curación: hace falta una relación personal entre aquella mujer y Jesús, entre nosotros y Jesús. No se trata de magia sino de una relación de cariño y de confianza con aquel extraordinario Maestro. Y también debemos preguntarnos: ¿acaso el discípulo, la comunidad cristiana, no es el manto de Jesús para muchos que buscan consuelo y salvación? ¿Somos realmente así? ¿Son realmente así nuestras comunidades? Jesús busca a la persona entre la muchedumbre. También nosotros buscamos siempre al hombre o a la mujer que piden, con la historia única y particular de cada uno.


07/07/2014
Oración por los enfermos


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