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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 12,38-42

Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti.» Mas él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con esta generación y la condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

¡Cuántas veces también nosotros, como aquellos escribas y fariseos, pedimos un signo que nos tranquilice! Parece algo razonable, legítimo, en el fondo. También Felipe había pedido: "muéstranos al Padre y nos basta". En el fondo parece normal que para creer debamos tener pruebas suficientes, signos claros que nos ayuden a elegir. Pero si fuera así no sería confianza sino realismo. Aquella petición está llena de ambigüedad y revela desconfianza. No creemos que sea suficiente el ejemplo de Jesús con lo que hizo y dijo; buscamos pruebas seguras que nos libren del esfuerzo de tener que elegir y decidir. En realidad, como para los hombres del Evangelio, también para nosotros el Señor lleva a cabo muchos milagros, en los que podemos ver su presencia, no para que nos convenzamos sino para que nos demos cuenta de su poder de amor, que es también el nuestro. El mismo Jesús no puede dar otro signo que el de Jonás, es decir, el misterio de su muerte y resurrección. Efectivamente, del mismo modo que Jonás fue retenido durante tres días en el vientre del pez y luego Dios lo rescató y lo envió a predicar a Nínive, también el Hijo del hombre estará tres días en la tierra y luego el Padre lo resucitará para ser el salvador de todos. Por ese motivo en las lápidas de las catacumbas a menudo se le representaba como Jonás. Jesús es el signo que Dios dio a los hombres, signo infinitamente más grande de lo que Jonás fue para Nínive. Tal vez pensamos que se trata de una decisión demasiado difícil. En realidad nuestra desconfianza y nuestro miedo hacen imposible lo que en realidad los habitantes de Nínive o la reina de Saba habían elegido porque eran conscientes de su pecado y porque les impulsaba la confianza y el amor. No obstante, nosotros nos resistimos a creer en Jesús, a convertirnos a él, a confiar en su palabra. La reina de Saba hizo un largo viaje para ir a escuchar la sabiduría de Salomón. Y a nosotros nos cuesta enormemente el mero hecho de abrir el Evangelio y leerlo. Hoy no hacen falta signos extraordinarios, asombrosos, esotéricos, sino una fuerte y clara predicación del Evangelio junto a una amplia manifestación de misericordia sobre todo con los más débiles. Estos son los signos que Jesús mismo practicaba y que confió a los discípulos de todos los tiempos para que los llevaran a cabo. Esta página evangélica pregunta a todos los discípulos y a todas las comunidades cristianas si son realmente un "signo" de amor y de misericordia. Es la tarea que Jesús continúa confiando a su Iglesia: ser luz y sal del mundo. Como los habitantes de Nínive, como los publicanos y los pecadores, como quien busca y encuentra, quien llama y le abren, el creyente reconoce en el signo de Jonás el único que nos muestra la vida que no termina.


21/07/2014
Oración por la Paz


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