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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 17,14-19

Cuando llegaron donde la gente, se acercó a él un hombre que, arrodillándose ante él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle.» Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá! Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento. Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Un hombre se acerca a Jesús y le pide que tenga piedad de su hijo. El sufrimiento se convierte muchas veces en una invocación de piedad, porque es insoportable tanto para quien lo experimenta como para quien debe asistir a los seres queridos que lo experimentan. Aquel joven no es dueño de sus actos. Imposible no pensar en los numerosos jóvenes que caen a menudo en dependencias que les hacen perder el control. Las más sutiles son las dependencias invisibles que imponen maneras de pensar, de elegir, como el consumismo, que se apodera del corazón de los hombres y lo arruina. En realidad aquel padre no quería importunar al Maestro y llevó al hijo a sus discípulos esperando que fueran capaces de curarlo. Pero no lo habían logrado. Jesús con una palabra lo cura. Los discípulos, tal vez despechados por su fracaso, cuando están a solas con el Maestro, le piden explicaciones sobre por qué no han sido capaces de curarlo. Jesús contesta con gran claridad: les dice que tenían poca fe. Habría bastado una fe tan pequeña como un grano de mostaza para hacer el milagro. Pero los discípulos ni siquiera tenían aquella diminuta fe. A pesar de todo, Jesús continúa confiando en ellos, continúa dándoles su palabra, su cariño y su corrección. La última frase abre un futuro lleno de esperanza para los discípulos: "Nada os será imposible". La fe, por pequeña que sea, siempre obra grandes prodigios: puede desplazar montañas. Las palabras de Jesús revelan que los discípulos no tenían una fe del tamaño de un grano de mostaza, que es precisamente la semilla que luego se convierte en el árbol más grande y que ha comparado con el Reino de los Cielos. Significa también que los discípulos buscaban la fuerza en otras cosas. ¡Con qué facilidad buscamos la fuerza en las capacidades personales, en el poder de este mundo, en la afirmación de nosotros mismos, incluso en la misma lógica de nuestro prestigio y de nuestra afirmación! Muchas veces buscamos la levadura de los fariseos y de Herodes, es decir, de la hipocresía y de ejercer poder sobre los demás. Todas estas fuerzas no pueden cambiar la vida, porque solo la fe puede ir más allá y hacer realidad lo que de otro modo es imposible. Una fe del tamaño de un grano significa que no hace falta una medida que –esta sí– es imposible para los hombres pequeños. Lo único que hace falta es un corazón creyente, capaz de confiar en un amor mucho mayor que nosotros y que no decepciona.


09/08/2014
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