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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de la beata Madre Teresa de Calcuta.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 5,33-39

Ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben.» Jesús les dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días.» Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. «Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: «El añejo es el bueno.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Todos nosotros conocemos la experiencia de buscar reglas y disposiciones claras que seguir, aunque sean severas, pero que nos ahorren el cansancio y la responsabilidad de comprender lo que el Señor quiere de nosotros. Por eso los fariseos van a encontrar a Jesús y alaban a los discípulos del Bautista, porque ayunan y recitan las oraciones pertinentes, mientras que los suyos aceptan invitaciones a comer sin preocuparse de las prácticas preceptivas. "Los tuyos no se privan de comer y beber", le dicen a Jesús. Los fariseos quieren desacreditar a Jesús, porque no solo no respeta las prácticas preceptivas, sino que se distancia del movimiento espiritual que promovía el Bautista. Este invita a la penitencia, mientras que Jesús invita a banquetes. Jesús contesta con un breve ejemplo: "¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?". Jesús compara sus días con una fiesta para el novio. Y, efectivamente, la presencia de Jesús en las ciudades y en los pueblos provoca una especie de fiesta, un clima nuevo de alegría y de esperanza que alcanza a todos, sobre todo a pobres, enfermos y pecadores. No ha venido a proponer un ideal ascético y un rigorismo en los comportamientos. Ha venido entre los hombres para salvar de la tristeza del pecado y para que podamos gozar la alegría de la curación y de la salvación. Y todo ello desde este mismo momento. También añade que llegará el momento en el que "les será arrebatado el novio" –es la primera vez que el evangelista alude a la muerte violenta de Jesús– y entonces sus discípulos experimentarán momentos difíciles y dolorosos y ayunarán; no podrán hacer fiesta. Y todavía añade dos imágenes más para ilustrar mejor lo que acaba de decir. Con la primera afirma: "Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo, porque, si lo hace, desgarrará el nuevo, y al viejo no le irá el remiendo del nuevo". Es decir, de ese modo se rompe el nuevo y no se arregla el viejo. Y con la segunda dice: "Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los pellejos, el vino se derramará, y los pellejos se echarán a perder". También en este caso el daño es doble, tanto para el vino como para los pellejos. Las dos imágenes ilustran con mucha eficacia la novedad del mensaje evangélico: el amor de Jesús no se puede reducir a esquemas ritualísticos propios de fariseos ni tampoco a la actitud exterior de quien sigue prácticas rituales pero con el corazón lejos de Dios y de los demás porque no ve más allá de su propio yo. El Evangelio del amor tiene una fuerza tremenda que no pueden contener nuestros egocentrismos, nuestras perezas, nuestros esquemas puramente exteriores, nuestras fórmulas con las que a veces llegamos a contrarrestar el Espíritu. El don de Dios requiere siempre un corazón nuevo, es decir, un corazón que se convierte, una mente que escucha y se deja guiar por su Palabra. Obstinarnos en nuestras ideas y en nuestras tradiciones nos hace ciegos y fríos: hace que nos amemos más a nosotros mismos que a la novedad del Evangelio, hasta decir, precisamente, que "el añejo es bueno", es decir, que preferimos siempre nuestro yo y nuestras costumbres que la novedad del Evangelio. El apóstol Pablo –precisamente para vencer la tentación de no ir más allá de nuestras tradiciones– escribirá a los Gálatas: "lo que cuenta es la creación nueva" (6,15). De hombres nuevos nacerá un mundo nuevo.


05/09/2014
Memoria de Jesús crucificado


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