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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 9,44-45

«Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.» Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El pasaje evangélico que hemos escuchado presenta el segundo anuncio de la pasión, muerte y resurrección. Jesús se ve como obligado a repetirlo. El momento de la muerte y resurrección representa su "hora", la hora de la gloria que pasa a través de la cruz. Pero a los discípulos les costaba mucho comprender aquel discurso. Ellos, al igual que todos los judíos de aquel tiempo, no eran capaces de aceptar la figura de un Mesías como siervo y aún menos derrotado. Esperaban un Mesías vencedor al estilo del mundo, es decir, vencedor sobre los enemigos y liberador de Israel de la esclavitud de los enemigos. Esa concepción se vio corroborada por la curación de un joven que fue liberado de un espíritu demoníaco que lo poseía. El estupor que suscitó dicha curación hizo que Jesús reuniera a los discípulos para aclarar una vez más cuál era su camino. E insiste de nuevo: "Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres". La insistencia en decir "Poned en vuestros oídos..." parece querer quebrar la dureza de la mente de los discípulos en comprender su verdadera identidad. Les advierte con fuerza de que no se dejen engañar por la admiración que todos sienten por él, porque le espera una muerte humillante y dolorosa. "Ser entregado en manos de los hombres", en el lenguaje bíblico, significa la suerte dolorosa y cruel de una persona abandonada por Dios y que queda precisamente a merced del poder de los hombres y de su arbitrio. Efectivamente, eso es lo que pasará. Pero a pesar de tanta claridad –subraya el evangelista– los discípulos no comprenden. Es una indicación que podemos aplicarnos también a nosotros, que muchas veces, como los discípulos de entonces, estamos distantes de los pensamientos de Jesús, de sus preocupaciones y sobre todo de la idea que tenía de sí mismo y de su misión. Y eso sucede no porque tomemos partido sino por la orgullosa autosuficiencia que no nos deja abrir la mente y el corazón al misterio de Jesús. El problema para Jesús es realmente serio. No es que los discípulos no comprendan sus palabras, sino que corren el peligro de no entender la sustancia misma de su misión: que la salvación llega a través de su muerte. Por otra parte, ¿cómo se puede aceptar un Mesías derrotado? Es un escándalo para los judíos y una locura para los gentiles, dirá el apóstol Pablo. Y también para nosotros, hoy, ese camino continúa siendo insensato. No obstante –Jesús nos lo confirma también a nosotros– la salvación nace de la cruz, el rescate de los hombres de la esclavitud del pecado viene de un amor sin límites. La salvación no se materializa en la fuerza ni en el poder humano, sino únicamente en el camino del amor por todos, un amor que llega incluso a dar la vida por los enemigos. El evangelista destaca que los discípulos continúan sin entender las palabras de Jesús: "les estaba velado su sentido de modo que no lo comprendían". Y se quedaron en silencio, sin pedir más explicaciones. Es una actitud de dureza y de desconfianza. No aceptan su ignorancia y prefieren quedarse a oscuras. No obstante, Jesús no los abandona. Continúa instruyéndolos con la esperanza de que poco a poco comprendan el Evangelio. Hoy sucede lo mismo con nosotros, pero debemos dejarnos guiar e instruir.


27/09/2014
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