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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 10,13-16

«¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentados con sayal y ceniza, se habrían convertido. Por eso, en el Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El pasaje evangélico forma parte de las instrucciones de Jesús a los setenta y dos discípulos que escuchamos ayer. Jesús acaba de exhortarles a ir por todas las ciudades para predicar el Evangelio. Sin embargo, añade que si alguna de las ciudades no acepta su predicación deben abandonarla sacudiéndose incluso el polvo que haya quedado pegado a sus sandalias. Llegados a este punto Jesús se dirige directamente a Corazín y a Betsaida, dos ciudades de Galilea, amenazándolas de quedar reducidas a escombros. Aquellas ciudades, a pesar de la predicación misma de Jesús y de los muchos milagros que había llevado a cabo durante aquel tiempo, no habían cambiado ni su vida ni su comportamiento pecaminoso. Además de aquellas dos ciudades, añade también Cafarnaún, la ciudad que había elegido como su nueva residencia junto al grupo de los Doce. Cafarnaún, aun habiendo recibido este trato de privilegio a través de la presencia física de Jesús, no correspondió al amor del que había sido objeto y continuó, sorda e ingrata, viviendo de manera libertina y corrupta. En lugar de ser exaltada acabará hundida y humillada. Son palabras durísimas que deberían hacer que nos preguntemos cómo nuestras ciudades organizan su vida. ¡Cuántas veces también nuestras ciudades contemporáneas son sordas a la predicación evangélica! Evidentemente, también los discípulos de Jesús debemos preguntarnos si sabemos comunicar el Evangelio al corazón de nuestras ciudades y de nuestros pueblos. A menudo corremos el riesgo de repetir cansinamente doctrinas y ritos que pasan por encima de la gente sin provocar ningún cambio. Debemos preguntanos si realmente somos levadura de fraternidad y de amor y no cómplices inconscientes –aunque no por ello menos culpables– de aquel individualismo que hace que nuestras ciudades sean tristes y violentas. El mismo viaje que Jesús está haciendo hacia Jerusalén nos indica también a nosotros la responsabilidad que tienen los cristianos de entrar en nuestras ciudades para afirmar el primado de Jesús como salvador y no los mitos o los poderes que aplastan la vida de millones y millones de pobres y de débiles que quedan a los márgenes de las megalópolis contemporáneas. Jesús va a Jerusalén para dar su vida, para ser él mismo la primera levadura, la primera luz, la primera semilla de una ciudad nueva hecha a medida humana. Quien no lo acoge, e incluso lo rechaza, prepara su propia ruina. Incluso Tiro y Sidón –dice Jesús– se habrían convertido al oír las palabras y al ver las obras que se cumplían aquellos días. No dejemos que el Evangelio sea predicar en vano. Debemos ser conscientes de la responsabilidad que el Señor nos confía ante las grandes ciudades contemporáneas: "Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza". Cada palabra predicada viene de las alturas. Es una responsabilidad para quien predica y para quien escucha.


03/10/2014
Memoria de Jesús crucificado


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