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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Carlos Borromeo (†1584), obispo de Milán.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 14,15-24

Habiendo oído esto, uno de los comensales le dijo: «¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!» El le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: "Venid, que ya está todo preparado." Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: "He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses." Y otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses." Otro dijo: "Me he casado, y por eso no puedo ir." «Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: "Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos." Dijo el siervo: "Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio." Dijo el señor al siervo: "Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa." Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El pasaje evangélico continúa refiriendo la conversación que tiene Jesús mientras está todavía en la mesa en casa del fariseo que lo ha invitado. Uno de los comensales, probablemente maravillado por la sabiduría del joven maestro, interviene manifestando la felicidad de estar en la mesa del reino de Dios. El banquete es una imagen habitual en el judaísmo para designar la felicidad del reino mesiánico. Y Jesús hace referencia a él con frecuencia en su predicación, como en esta ocasión. Compara el reino de Dios con un gran banquete, al que se invita a un gran número de personas. Estas, no obstante, cuando los siervos van a llamarlas, rechazan todas la invitación. Cada uno tiene su excusa totalmente comprensible: el primero ha comprado un campo y debe ir a venderlo, el segundo ha comprado dos pares de bueyes y debe probarlos, el último debe incluso celebrar su boda y, evidentemente, no puede ir. En cualquier caso todos coinciden en rechazar la invitación por motivo de los improrrogables compromisos que ya han adquirido. Se podría decir que, al fin y al cabo, tienen razón. No obstante, si vamos un poco más al fondo, comprendemos que detrás de aquella negativa hay una clara decisión de los invitados: priorizar sus compromisos (vender el campo, probar los bueyes y celebrar la boda) por delante de la invitación de participar en el banquete. No hay duda alguna de que las motivaciones aducidas son serias pero –y ahí está el punto central de la parábola– es mucho más importante optar por el reino de Dios. Esa es la única decisión realmente crucial para la vida. Es la respuesta a la demanda de amistad, de familiaridad y de intimidad que Dios hace a los hombres. Jesús, con esta parábola, recuerda esa prioridad. Sí, todos los hombres necesitan la amistad de Dios. Es grande la responsabilidad de aquellos que deben presentarla a los hombres –y pienso en la misión de la Iglesia en el mundo–, pero también es fundamental la responsabilidad de quien escucha la invitación a aceptarla. A aquel que está ya saciado y lleno de sí mismo le cuesta separarse de sus cosas. Pero el que es pobre, débil, el que está desesperado acepta más rápidamente la invitación del siervo (esta vez es un solo siervo, es decir, Jesús) enviado por el señor para llenar la sala que ya está a punto para el banquete. Estos últimos, que realmente necesitan alimento y amor, apenas oír la invitación, acuden. Y la sala se llena de invitados. Además, Jesús había dicho: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios” (Lc 6,20).


04/11/2014
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