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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Sofonías 3,1-2.9-13

¡Ay de la rebelde, la manchada,
la ciudad opresora! No ha escuchado la voz,
no ha aceptado la corrección;
en Yahveh no ha puesto su confianza,
a su Dios no se ha acercado. Yo entonces volveré puro el labio de los pueblos,
para que invoquen todos el nombre de Yahveh,
y le sirvan bajo un mismo yugo. Desde allende los ríos de Etiopía,
mis suplicantes, mi Dispersión,
me traerán mi ofrenda. Aquel día
no tendrás ya que avergonzarte de todos los delitos
que cometiste contra mí,
porque entonces quitaré yo de tu seno
a tus alegres orgullosos,
y no volverás a engreírte
en mi santo monte. Yo dejaré en medio de ti
un pueblo humilde y pobre,
y en el nombre de Yahveh se cobijará el Resto de Israel.
No cometerán más injusticia,
no dirán mentiras,
y no más se encontrará en su boca
lengua embustera.
Se apacentarán y reposarán,
sin que nadie los turbe.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

“¡Ay de la rebelde, la impura, la ciudad opresora!”. ¿De qué ciudad está hablando el profeta? ¿De Nínive, que el profeta acaba de recordar en el capítulo anterior? Nínive era la gran ciudad enemiga. ¿O quizá el profeta habla de Jerusalén? ¿A quién se refería el profeta? ¿Podría Jerusalén, la ciudad habitada por el Señor, ser comparada con Nínive? Pues era precisamente así. El profeta hablaba de Jerusalén, que se había transformado radicalmente. Se había convertido en una ciudad rebelde y prepotente, porque había dejado de escuchar la voz del Señor y no había aceptado la corrección. Quien no escucha y no confía en Dios, acaba llevando una vida inhumana y violenta. Jefes, jueces, profetas y sacerdotes representan a los que tienen la responsabilidad de gobierno en la ciudad. En los profetas no es rara la referencia a estos. De hecho, hay una responsabilidad en el gobierno de la ciudad, tanto en lo que se refiere a la parte más estrictamente política como a la judicial y también la religiosa. En Jerusalén todos han descuidado sus tareas. Los políticos y los jueces expresan una violencia inaudita en el ejercicio de sus funciones. Son llamados “leones rugientes” y “lobos esteparios”. Y los profetas se muestran orgullosos en vez de ser humildes escuchadores y comunicadores de la Palabra de Dios. También los sacerdotes han descuidado su función de custodiar las cosas sagradas y observar la ley. Es necesaria la intervención divina para que en Jerusalén se restablezca la justicia y la ciudad pueda volver a su vida ordinaria. Para Jerusalén, como para cualquier ciudad, la justicia de Dios es como la luz de la mañana que aclara la noche y orienta de día los pensamientos y las acciones de los hombres. Solo escuchando la voz del Señor es posible construir una ciudad humana, libre de la violencia y de abusos, atenta a la necesidad de los pobres y capaz de administrar justicia en todos sus aspectos. La palabra profética, que ayuda a ver la injusticia y la violencia de Jerusalén y de los pueblos (3, 6-8), no deja sin esperanza. Dios habla para que el mundo sea mejor y los hombres se conviertan escuchando. ¿Es posible que haya algo nuevo después de todo lo que Sofonías ha mostrado tanto en su ciudad como entre los pueblos? “Purificaré el labio de los pueblos”. Esta es la novedad de la palabra profética, inesperada en una mentalidad que preveía para los pueblos solo un juicio de condena: Dios habla también para ellos, les concede la posibilidad de hablar un lenguaje nuevo, “puro”, es decir, libre de la violencia, capaz de utilizar el alfabeto de la palabra de Dios, el único que crea unidad y que realiza la justicia. Con ese lenguaje también los pueblos podrán dirigirse al Dios de Israel y encontrarán esa unanimidad que parece tan difícil de alcanzar. El profeta subraya la convergencia de los pueblos: “para que invoquen todos el nombre del Señor y le sirvan bajo un mismo yugo”. Esta última expresión se podría traducir mejor como “unánimemente”. Invocar a Dios y servirlo, es decir, rezarle y reconocer nuestra dependencia de criaturas hacia él, crea esa unanimidad que las personas y los pueblos individualmente no saben darse solos. Por esto la oración encierra una fuerza extraordinaria de unidad: gente diferente se reúne, todos hablan la misma lengua, cantan de la misma forma, escuchan la misma palabra, realizan los mismos gestos. En este pueblo nuevo que va más allá de los confines de la raza no hay espacio para los arrogantes que hablan únicamente la lengua de su egoísmo. Solo un pueblo “humilde y pobre”, que confía en el nombre del Señor, podrá formar parte de esta realidad tan bella y única que nosotros experimentamos en la Iglesia de Dios, signo de la unidad de la familia humana. “Humildes” porque escuchan la palabra de Dios, y junto a los “pobres” formarán el pueblo amado por Dios. Pero será un resto, es decir, lo que permanece quizá entre muchos que han preferido seguirse a sí mismos. Formar parte de él es un don del Señor, pero también una decisión de cada uno.


16/12/2014
Memoria de la Madre del Señor


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