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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Juan, apóstol y evangelista, el “discípulo a quien Jesús amaba” y que bajo la cruz tomó consigo a María como su madre.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra
a los hombres de buena voluntad.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primera Juan 1,1-4

Lo que existía desde el principio,
lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros ojos,
lo que contemplamos
y tocaron nuestras manos
acerca de la Palabra de vida, - pues la Vida se manifestó,
y nosotros la hemos visto y damos testimonio
y os anunciamos la Vida eterna,
que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos
manifestó - lo que hemos visto y oído,
os lo anunciamos,
para que también vosotros estéis en comunión con
nosotros.
Y nosotros estamos en comunión con el Padre
y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto
para que nuestro gozo sea completo.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Aleluya, aleluya, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Desde hoy, memoria del apóstol Juan, hasta el final del tiempo litúrgico de Navidad, la Iglesia nos hace leer como primera lectura de la liturgia eucarística la primera carta de Juan. El autor comienza esta carta suya de forma análoga al inicio del cuarto Evangelio, evocando el misterio del Verbo que se ha hecho carne. Juan, que ha vivido tres años con Jesús y por tanto es testigo de su vida, quiere comunicar a sus lectores que el Evangelio no es una doctrina abstracta sino una persona concreta: Jesús de Nazaret. Y la fe que nos hace cristianos no es la adhesión a una doctrina sino, por tanto, el encuentro personal con Jesús. Por esto, como le ha sucedido a él, el apóstol quiere que quien lee pueda vivir su misma experiencia, es decir, quiere hacer como tocar con la mano, ver con los ojos y escuchar con los oídos a Jesús y su misterio. Esta experiencia -advierte Juan- no se realiza de forma abstracta y solitaria; solo es posible entrando en la comunidad cristiana que hunde sus raíces en el testimonio apostólico, es decir, en el que los apóstoles han visto, tocado y escuchado. Juan sugiere que en la escucha de la Palabra de Dios, en la celebración de la Liturgia y en la vida común con los hermanos, es donde los creyentes viven la experiencia del encuentro y de la comunión con el Padre y el Hijo, como la vivieron los primeros discípulos. Jesús, diciendo al incrédulo Tomás la noche de Pascua: “Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn 20, 29), trazaba la forma en que llegaría la experiencia de fe de los discípulos de todo tiempo. El encuentro con el Señor resucitado solo se produce dentro de la experiencia de fe de la comunidad cristiana. La comunión con Dios pasa de forma inequívoca por la comunión con los hermanos y las hermanas de la comunidad que se reúne en nombre del Señor. Y el creyente, una vez dentro de la comunidad, se convierte a su vez en testigo del misterio de Jesús para la generación de su tiempo. Es caminando por la senda de esta tradición viva de hermanos y hermanas como nuestra alegría será perfecta y contagiosa.


27/12/2014
Memoria de los apóstoles


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