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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de Laurindo y de Madora, jóvenes mozambiqueños que murieron a causa de la guerra; con ellos recordamos a todos los jóvenes que han muerto a causa de los conflictos y la violencia de los hombres.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra
a los hombres de buena voluntad.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primera Juan 2,12-17

Os escribo a vosotros, hijos míos,
porque se os han perdonado los pecados
por su nombre. Os escribo a vosotros, padres,
porque conocéis al que es desde el principio.
Os escribo a vosotros, jóvenes,
porque habéis vencido al Maligno. Os he escrito a vosotros, hijos míos,
porque conocéis al Padre,
Os he escrito, padres,
porque conocéis al que es desde el principio.
Os he escrito, jóvenes,
porque sois fuertes
y la Palabra de Dios permanece en vosotros
y habéis vencido al Maligno. No améis al mundo
ni lo que hay en el mundo.
Si alguien ama al mundo,
el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo
- la concupiscencia de la carne,
la concupiscencia de los ojos
y la jactancia de las riquezas -
no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan;
pero quien cumple la voluntad de Dios
permanece para siempre.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Aleluya, aleluya, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Con una solemne triple alocución, el apóstol Juan se dirige a todos los creyentes. Los llama “hijos” porque han sido generados por él en la fe, pero también “padres” porque a su vez ellos mismos deben generar nuevos creyentes para la Iglesia, y también “jóvenes”, es decir fuertes, porque haciendo permanecer en ellos la Palabra de Dios han vencido el poder del maligno. Juan invita a los evidentes a no amar el mundo ni las cosas del mundo, porque si lo hacen se alejarían del amor de Dios. En el lenguaje Joánico, el mundo no indica simplemente la creación sino la realidad terrena en cuanto subyugaba al poder del maligno (Jn 12,31) y por tanto opuesta al reino de Dios que es reino de amor y de paz. Se siente aquí el eco de la oposición marcada por Jesús: “Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero” (Mt 6, 24). El creyente debe estar atento a no dejarse llevar por el poder del maligno, que prende en el corazón a través de la concupiscencia de la carne que inexorablemente empuja a realizar el mal. El apóstol Pablo escribe a los Romanos: “Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias” (Rm 13,14). Juan ejemplifica escribiendo que la concupiscencia de la carne se manifiesta en “la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas”. Quien se deja llevar por estos instintos se aleja de Dios y es arrollado por la caducidad del mundo. Pero el mundo pasa, recuerda Juan, como también Pablo escribía a los Corintios: “la representación de este mundo pasa” (1 Cr 7,31). Sin embargo, quien cumple la voluntad de Dios permanece “para siempre”, es decir, permanece en el amor.


30/12/2014
Oración del tiempo de Navidad


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