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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra
a los hombres de buena voluntad.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primera Juan 2,29-3,6

Si sabéis que él es justo,
reconoced que todo el que obra la justicia
ha nacido de él. Mirad qué amor nos ha tenido el Padre
para llamarnos hijos de Dios,
pues ¡lo somos!.
El mundo no nos conoce
porque no le conoció a él. Queridos,
ahora somos hijos de Dios
y aún no se ha manifestado lo que seremos.
Sabemos que, cuando se manifieste,
seremos semejantes a él,
porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él
se purifica a sí mismo, como él es puro. Todo el que comete pecado
comete también la iniquidad,
pues el pecado es la iniquidad. Y sabéis que él se manifestó
para quitar los pecados
y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él, no peca.
Todo el que peca,
no le ha visto ni conocido.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Aleluya, aleluya, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan exhorta a los discípulos a “permanecer” en Jesús, a permanecer en comunión con él, a no separarse nunca de él. Es un tema especialmente querido para el apóstol que “Jesús amaba”, y se repite frecuentemente tanto en las páginas evangélicas como en esta carta. Para Juan es una dimensión específica del amor cristiano. Para él, que ha estado siempre con Jesús, desde el inicio, y que debe haber sentido especialmente amarga su huida de Jesús en el momento de la captura en el huerto de los olivos, permanecer con aquel Maestro es la esencia de la salvación. Ya no lo abandonará más y estará bajo la cruz. El apóstol puede asegurar a los cristianos que “permaneciendo” con Jesús no deben temer nada, ni siquiera el juicio definitivo (la paruxía), porque ya están salvados en cuanto “nacidos de Él”. En el Prólogo del Evangelio se lee: “A todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios” (Jn 1, 12-13). Por tanto, nosotros somos hijos de Dios no de palabra sino en la realidad si, obviamente, permanecemos unidos a Jesús, el Hijo primogénito. El apóstol sabe bien que nos encontramos en el corazón del misterio del amor de Dios y exhorta a contemplarlo: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. El amor de Dios, que nos salva del pecado y de la muerte, hace a los cristianos “desconocidos” para la mentalidad egocéntrica y violenta de este mundo. Es verdad que hay una inevitable extrañeza del Evangelio a la mentalidad del mundo. Sin embargo, el mundo necesita precisamente este amor, un amor que pide a los discípulos de Jesús un testimonio de rasgos heroicos. En la historia de la Iglesia nunca han faltado cristianos que han dado testimonio de ese amor que llega hasta el derramamiento de la sangre. Sin embargo, vendrá el tiempo en que se manifestará la victoria del amor. Entonces los cristianos, que ahora ven como en un espejo, verán al Señor “cara a cara” como dice Pablo a los Corintios (1 Co 13,12).


03/01/2015
Oración del tiempo de Navidad


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