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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 2,14-18

Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud. Porque, ciertamente, no se ocupa de los ángeles, sino de la descendencia de Abraham. Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En este pasaje de la Carta el autor muestra la profunda diferencia del sacerdocio de Jesús con el de la tradición judía. Y la diferencia consiste en el hecho de que en el sacerdocio de Jesús el sacerdote y la víctima coinciden: Jesús es a la vez sacerdote y víctima, el que ofrece y lo que es ofrecido. Jesús no es solo un sacerdote ejemplar, es el “sumo sacerdote”, el mayor porque “no es a los ángeles a quienes tiende una mano, sino a la descendencia de Abrahán”. Él se ha hecho cargo de los hombres, ha sanado sus enfermedades, ha curado la fragilidad humana, ha confortado su corazón cansado: es “un sumo sacerdote misericordioso”. Ha tenido en común “la sangre y la carne” con los hombres compartiéndolo todo: como los pobres ha sufrido el hambre y la sed, como los perseguidos a causa de la justicia también él ha sido insultado, como los presos ha sido encarcelado. “Habiendo pasado él la prueba del sufrimiento, puede ayudar a los que la están pasando”, escribe el autor de la Carta. En efecto, como los condenados a muerte ha recibido una sentencia capital, y manso y humilde de corazón ha emprendido el camino del Calvario. Crucificado inocente, Cristo ha hecho de la cruz el altar del sacrificio del que ha sido sumo sacerdote y víctima. Sobre la cruz ha llevado el pecado de los hombres, y, perdonando a los que le asesinaban, ha perdonado a la humanidad: se ha ofrecido en sacrificio “para expiar los pecados del pueblo”. Es el misterio de un amor verdaderamente grande y sin límites: lejos de maldecir, Jesús crucificado hace de la cruz el lugar de bendición para todos. Desde este altar, Cristo sumo sacerdote actúa por cuenta del pueblo, perdona y propone a los hombres una ley diferente: no la de la venganza sino la de la misericordia y el perdón. Sobre el altar de la cruz se consume el sacrificio: Cristo ofrece su vida y, entregando su Espíritu en manos del Padre, afronta la muerte. Sobre la cruz es donde comienza el duelo entre el autor de la vida, el Señor Jesús, y el que sostiene la muerte, el príncipe del mal. Jesús, semejante “en todo a sus hermanos”, se hace partícipe de su mayor debilidad, la muerte. Pero con la resurrección es elevado a la gloria de ser el “sumo sacerdote”: de hecho, “mediante su muerte” ha reducido a la impotencia “al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo”, y ha liberado “a los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a la esclavitud”. Por este misterio de amor seguimos dando gracias y sobre todo no dejamos de unirnos a él que ha descendido en medio de nosotros para hacernos partícipes de su misma vida.


14/01/2015
Memoria de los santos y de los profetas


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