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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo especial de las comunidades cristianas en Europa y en las Américas.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 9,2-3.11-14

Porque se preparó la parte anterior de la Tienda, donde se hallaban el candelabro y la mesa con los panes de la presencia, que se llama Santo. Detrás del segundo velo se hallaba la parte de la Tienda llamada Santo de los Santos, Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La Carta a los Hebreos continúa su reflexión sobre el nuevo sentido del sumo sacerdocio de Jesús respecto al antiguo. En los primeros versículos el autor sagrado describe, aunque brevemente, el tabernáculo de la alianza que Moisés hizo preparar según las indicaciones que había recibido en la montaña (8,5). Lo que había sucedido en la primera alianza prefiguraba lo que Dios iba a realizar plenamente con Jesús. En efecto, el tabernáculo de la presencia de Dios nos dice ya algo de la nueva y la futura alianza que se realizará en el nuevo «templo»: es decir, en Jesús. Es, además, Jesús mismo quien afirma que no ha venido a abolir sino a completar la ley. La tienda de la antigua alianza estaba dividida en dos partes: «el Santo» y el «Santo de los Santos», escondido detrás de una cortina. La Carta acentúa la separación entre estas dos partes: en el «Santo» se encuentran las cosas simples propias de la vida de cada día, es decir, el candelabro, la mesa y los panes presentados; mientras que en el «Santo de los Santos» se conservan los objetos más preciosos y resplandecientes de oro. En la primera tienda el autor ve la imagen de la tierra, mientras que en el Santo de los Santos, la del cielo. También había distinciones para los ministros: en la primera tienda podían entrar todos los sacerdotes, mientras que en la segunda únicamente podía entrar el sumo sacerdote, y una sola vez al año, tras haber ofrecido un cruento sacrificio y rociar sangre sobre el propiciatorio. Este rito muestra que «no está abierto el camino al santuario» del cielo. Solo con Jesús se produce un cambio completo del sacerdocio y de la ley (7,12). Hasta ahora el autor ha afirmado que Jesús, constituido sumo sacerdote, ha penetrado los cielos (4,14) y se ha ofrecido a sí mismo de una vez para siempre (7,27); tomó asiento a la diestra del trono de la Majestad (8,1) y se ha convertido en ministro del verdadero tabernáculo erigido por Dios y no por hombre (8,2). Y trae dones «reales» (10,1), es decir, lleva a cabo las promesas del nuevo pacto (8,6) que son la remisión de los pecados y la definitiva unión con Dios. Él puede procurar estos bienes porque ejerce un ministerio sacerdotal no en el estrecho espacio del tabernáculo terrenal sino en «una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo». Y, como Sumo Sacerdote, no pudo entrar en el Santo de los Santos «sin sangre» (9,7). Efectivamente, entró con sangre, pero no a la manera antigua, con la de animales. Jesús entró en el Santuario con su propia sangre. Los discípulos, acogidos en este misterio de salvación, ya desde ahora entran con Él en el Santo de los Santos purificados “de las obras muertas” y “para rendir culto al Dios vivo”.


24/01/2015
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