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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 10,19-25

Teniendo, pues, hermanos, plena seguridad para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir, de su propia carne, y con un Sumo Sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón , en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa. Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras, sin abandonar vuestra propia asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animándoos: tanto más, cuanto que veis que se acerca ya el Día.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Concluída la disertación doctrinal sobre Jesús sumo sacerdote, el autor recuerda a los creyentes las consecuencias que deben extraer. La unión con la «carne» de Cristo, con Su cuerpo, nos acoge en el santuario donde Él entró antes que nosotros. Es fácil pensar que el autor se refiera a la Eucaristía entendida como el camino más directo para entrar en el santuario, es decir, para encontrarse directa y personalmente con el Señor. La comunión con el Cuerpo de Cristo es, en efecto, comunión directa con Dios y, por tanto, con todos los hermanos. El autor utiliza el término “plena confianza”, que indica, según el contexto de la antigua Grecia, la «libertad de decirlo todo», es decir, el derecho a ser ciudadanos de pleno derecho de la ciudad. Recibir este derecho de “parresía” significa tener la libertad de dirigirse a Dios sin intermediarios y, por tanto, poder hablar con Él con la total confianza de hijos. Es el «camino» que Jesús ha inaugurado para nosotros y que la Carta exhorta a recorrer sin temor: «Acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavado el cuerpo con agua pura». Vivir en la comunidad, participando en la Santa Liturgia, en la comunión fraterna, en el amor por los más pobres, en el trabajo para que la vida de todos sea más serena, todo esto significa recorrer el camino que Jesús nos ha abierto. Por eso la Carta exhorta a los creyentes a estimularse mutuamente en el amor y a ser generosos en las «buenas obras». Y quien abandona las asambleas es advertido de que actuando así se aleja del santuario, es decir, de Dios mismo. El peligro de la apostasía, es decir, del abandono de la fe, antes incluso que una cuestión teórica, es un problema de corazón, o mejor dicho, de confiar la vida al Señor. Hay que entender que el abandono no se produce de manera repentina; se empieza descuidando las reuniones de la comunidad, quedándose en silencio, hasta derivar poco a poco en la ruptura de la comunión. De hecho, en las reuniones nos “animamos” mutuamente, y se refuerza no solo la fraternidad sino también la fe. Debemos reconocer que la costumbre a nosotros mismos lleva con frecuencia a privilegiar los compromisos personales más que los de la comunidad cristiana en la que se vive. Es en la escucha común de la Palabra de Dios, en la oración, en la celebración eucarística, donde cada uno puede encontrar la gracia y el perdón que vienen del Señor Jesús que ha dado la vida por nosotros, y encontrar esa fraternidad y esa comunión que muchas veces en la vida cotidiana se pierden.


29/01/2015
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