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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 12,4-7.11-15

No habéis resistido todavía hasta llegar a la sangre en vuestra lucha contra el pecado. Habéis echado en olvido la exhortación que como a hijos se os dirige: Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor; ni te desanimes al ser reprendido por él. Pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que acoge. Sufrís para corrección vuestra. Como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? Cierto que ninguna corrección es de momento agradable, sino penosa; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella. Por tanto, levantad las manos caídas y las rodillas entumecidas y enderezad para vuestros pies los caminos tortuosos, para que el cojo no se descoyunte, sino que más bien se cure. Procurad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Poned cuidado en que nadie se vea privado de la gracia de Dios; en que ninguna raíz amarga retoñe ni os turbe y por ella llegue a inficionarse la comunidad.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La Carta –como ya hemos visto- tiene presente a una comunidad que quizá está a cediendo ante las dificultades y las oposiciones, y exhorta a pensar que los sufrimientos provocados por el hecho de seguir el Evangelio no representan una condena; al contrario, son el signo de la corrección del Padre para ser purificados. El discípulo soporta siempre la aspereza de la educación, y por tanto la intervención del Señor para cambiar el corazón y los comportamientos. Es en esa perspectiva que hay que interpretar también la corrección fraterna: un arte difícil pero necesario, aunque a menudo la desatendemos. La corrección, en efecto, requiere responsabilidad en aquel que debe ejercerla y amargura en quien debe recibirla. Sin embargo, es del esfuerzo por educar y la molestia pasajera por la corrección que maduran la serenidad y la paz. La corrección es signo de amor porque es expresión del Padre que corrige a sus hijos. Si no nos corrigieran no habría ningún cambio en nuestra vida. Por ello el autor pide a la comunidad cristiana, que corría el riesgo de debilitarse en la fe, de recobrar el vigor evangélico: “Robusteced las manos caídas y las rodillas vacilantes, y enderezad para vuestros pies los caminos tortuosos, para que el cojo no se descoyunte, sino que más bien se cure” (12, 12). Esta exhortación recuerda que la educación es indispensable en la vida de los discípulos. Seguir al Señor, de hecho, requiere que cada discípulo cambie su corazón, modifique sus pensamientos y se deje guiar por el Evangelio, antes que por su propio orgullo o por sus instintos y costumbres. Solo obedeciendo al Evangelio y su pedagogía podemos crecer en sabiduría y en amor. Es la gran cuestión del arte pastoral, como lo llamaban los Padres de la Iglesia. Se trata de un compromiso referido prioritariamente a los “pastores”, es decir, a los responsables de la comunidad, para que trabajen por el crecimiento interior de los creyentes. En realidad, cada discípulo está llamado a corregirse a sí mismo y a ayudar a los demás a crecer en la fe y en la santidad. El autor les pide a todos los cristianos que velen para que “nadie se vea privado de la gracia de Dios”. Se podría decir que toda la comunidad está llamada a ejercer la tarea “episcopal” de cuidar la fe de sus hermanos y hermanas. Forma parte de este velar el cuidado por no dejar que crezca en medio de ellos ninguna “raíz amarga”, es decir, aquellas actitudes egocéntricas que turban la vida de la comunidad e impiden su crecimiento.


04/02/2015
Memoria de los santos y de los profetas


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