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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

7 de febrero de 1968: Recuerdo del inicio de la Comunidad de Sant’Egidio. Un grupo de estudiantes de un instituto de Roma empezó a reunirse alrededor del Evangelio y del amor a los pobres. Acción de gracias al Señor por el don de la Comunidad.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hebreos 13,15-17.20-21

Ofrezcamos sin cesar, por medio de él, a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que celebran su nombre. No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; ésos son los sacrificios que agradan a Dios. Obedeced a vuestros dirigentes y someteos a ellos, pues velan sobre vuestras almas como quienes han de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegría y no lamentándose, cosa que no os traería ventaja alguna. Y el Dios de la paz que suscitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de la ovejas en virtud de la sangre de una Alianza eterna, os disponga con toda clase de bienes para cumplir su voluntad, realizando él en nosotros lo que es agradable a sus ojos, por mediación de Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La Carta se acerca a su conclusión haciéndonos partícipes de ese “sacrificio de alabanza” que se eleva de la comunidad cada vez que se reúne para celebrar la liturgia. De ella toma fuerza y sentido toda nuestra vida. No se trata de vivir la vida cristiana como un cúmulo de reglas, aunque sean rituales, sino de abandonar la lógica del pecado y acoger el amor de Cristo. Así se entra en el Reino prometido. Y la benevolencia, el desear y obrar el bien, forma parte de esta lógica del amor. La invitación se refiere a una actitud a asumir en la vida de cada día, que lleva incluso a la “comunión de bienes”, que solo es posible cuando se vive con una mirada benévola hacia el prójimo. Incluso la obediencia se hace posible cuando nuestro corazón vive en la benevolencia y en la comunión, porque obedecer no puede ser una obligación: debe nacer de la conciencia de necesitar ser ayudados y guiados. A continuación el autor invita a la oración, que no viene recogida en el texto que hemos leído pero que sigue siendo fundamental como pasaje conclusivo de la Carta antes de la acción de gracias final. El autor, saliendo un poco del anonimato pide con insistencia: “Rogad por nosotros”. En estos últimos tiempos el papa Francisco nos ha acostumbrado a sentir con mayor fuerza el compromiso de rezar los unos por los otros. Él pide a menudo que recen por él. Ciertamente la comunión en la oración debe ser un pilar de la vida de las comunidades cristianas, y de la comunión que debe caracterizarlas. Varias veces en los escritos del Nuevo Testamento se repite la exhortación a rezar los unos por los otros. El autor de la Carta, tras esta petición, expresa un largo deseo que es de algún modo el punto teológico conclusivo de la misma. Formula una solemne oración de bendición para la comunidad, y trae a la memoria una vez más la obra de salvación que Dios llevó a cabo para destruir la muerte. Recuerda que el “Dios de la paz” “levantó” (Is 63, 11-13) de entre los muertos al “gran pastor de las ovejas”, retomando así la figura sacerdotal de Cristo, “promotor” y “precursor”. Por primera y única vez en toda la Carta se habla de la resurrección de Jesús. La bendición siguiente tiene un carácter típicamente paulino: que Dios realice en nosotros lo que es agradable a sus ojos. Nosotros, pues, podemos hacer la voluntad de Dios (10, 7.9.36) solo si él nos “prepara” para ella. Es Él quien nos hace perfectos “en toda clase de bienes para cumplir su voluntad”. El Señor nos haga perfectos también a nosotros en el bien, porque solo así podremos cumplir su voluntad. No todo depende de nosotros. Confiémonos a Él, nuestro gran Pastor, para vivir en plenitud según lo que a Él le agrada.


07/02/2015
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