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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Génesis 1,1-19

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz "día", y a la oscuridad la llamó "noche". Y atardeció y amaneció: día primero. Dijo Dios: "Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras." E hizo Dios el firmamento; y apartó las aguas de por debajo del firmamento, de las aguas de por encima del firmamento. Y así fue. Y llamó Dios al firmamento "cielos". Y atardeció y amaneció: día segundo. Dijo Dios: "Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y déjese ver lo seco"; y así fue. Y llamó Dios a lo seco "tierra", y al conjunto de las aguas lo llamó "mares"; y vio Dios que estaba bien. Dijo Dios: "Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra." Y así fue. La tierra produjo vegetación: hierbas que dan semilla, por sus especies, y árboles que dan fruto con la semilla dentro, por sus especies; y vio Dios que estaban bien. Y atardeció y amaneció: día tercero. Dijo Dios: "Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años; y valgan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra." Y así fue. Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche, y las estrellas; y púsolos Dios en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra, y para dominar en el día y en la noche, y para apartar la luz de la oscuridad; y vio Dios que estaba bien. Y atardeció y amaneció: día cuarto.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Comenzamos la lectura del libro del Génesis, el primer libro de la Biblia, que nos propone en los primeros once capítulos el pensamiento de Israel respecto a la creación y la humanidad. Este libro no fue el primero en escribirse; fue redactado tras el periodo del exilio en Babilonia. En aquellos momentos, tras la tremenda experiencia del exilio, el pueblo de Israel inició una profunda reflexión sobre su historia pasada para poder encontrar una explicación al sentido de su existencia como pueblo. Y mientras reflexionaba sobre esto encontró respuestas también a las muchas preguntas sobre el sentido mismo de la creación, de la existencia, el misterio del mal presente en la vida humana, el sentido de la muerte, y otras muchas. De ello surge un texto que reflexiona sobre el porqué del mundo y de nuestra vida. ¿Por qué existimos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Las primeras palabras del libro del Génesis, “En el principio”, comienzan a responder a tales preguntas. El sentido profundo no es tanto de índole temporal sino de sustancia. ¿Por qué existimos? Porque Dios lo ha querido. Es Dios quien está “en el principio” de la creación, al origen del mundo y en lo profundo del ser de cada hombre. La ciencia, basándose en su lógica científica, podrá hablar sobre el origen del universo, pero no puede responder a la pregunta sobre el sentido, el porqué de nuestra existencia. Es Dios quien nos ha querido, y Él es el Señor, el único Señor, de nuestra vida, de la vida de cada hombre. Nadie puede ponerse “en el principio”, como fundamento de la vida humana y de la misma creación. El autor bíblico abre la narración mostrando la fuerza de la Palabra: Dios habla y su palabra crea, da origen a la existencia. Ese “Verbo”, esa “Palabra, con la que también se abre el cuarto Evangelio, se ha hecho carne, y ha venido a habitar entre nosotros para que quien la escuche se salve. El pasaje propuesto habla del cuarto día, el día de la creación del sol, la luna y las estrellas, para que “sirvan de luceros en el firmamento” y para que “sirvan de señales para solemnidades, días y años”. Nos encontramos en el centro de la creación, que se produce en siete días. De hecho, aunque ya en el primer día se crea la luz, es solo en el cuarto día que puede existir y tener un sentido para la creación. Si por una parte es cierto que la luz y las tinieblas sirven para distinguir el día de la noche, se crean sobre todo –y esto es precisamente lo que el autor sacro quiere subrayar- para regular el tiempo del hombre para que acoja el ritmo de Dios, es decir, las “solemnidades” litúrgicas. Sin la fiesta –se verá mejor en el “séptimo día”, el sábado-, la creación no alcanza su cumplimiento. El ser humano puede ser el dueño de todo, pero el tiempo no es totalmente suyo: en el tiempo debe entrar el tiempo de Dios. Sin este tiempo a la creación le faltaría algo esencial. En una sociedad como la nuestra, que está perdiendo el sentido y el valor de la fiesta, este relato nos llama a no poner nuestros quehaceres, nuestras obras, en el centro de todo. Es decisivo para nosotros y para la sociedad acoger el tiempo de Dios en nuestras jornadas para evitar abusos, violencias y opresiones de todo tipo. El tiempo de Dios salva el tiempo del hombre. Es en este diálogo histórico entre Dios y el hombre que la humanidad encuentra su salvación.


09/02/2015
Memoria de los pobres


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