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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Isaías 55,10-11

Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos
y no vuelven allá, sino que empapan la tierra,
la fecundan y la hacen germinar,
para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca,
que no tornará a mí de vacío,
sin que haya realizado lo que me plugo
y haya cumplido aquello a que la envié.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Estos versículos concluyen la segunda parte del libro de Isaías, que comienza en el capítulo 40, obra de un profeta que vivió durante el exilio en Babilonia. El tiempo después del exilio fue en cualquier caso un tiempo difícil para Israel. La dramática experiencia del exilio llevaba asociadas dudas e incertidumbres. Ciertamente el retorno a Jerusalén había suscitado muchas esperanzas, pero a su vez cobró fuerza la pregunta de cómo reconstruir la vida tras la amarga experiencia del exilio. La convicción era clara: la Palabra de Dios debía ser nuevamente el fundamento y la raíz que alimentara la fe. Sí, la fe en el Señor y en su ayuda debía volver a ser la fuerza y la esperanza de ese pueblo, como debe serlo también hoy para toda la comunidad cristiana y para cada uno de los creyentes. La Palabra de Dios, en efecto, tiene una fuerza increíble de cambio, aunque continuemos mostrándonos escépticos. Dios mismo la ha enviado para que tenga efecto, para que sea eficaz, es decir, cambie la historia y los corazones. El profeta lo afirma: como la lluvia y la nieve riegan la tierra y la hacen fecunda, así ocurre con la Palabra de Dios. Cuando es escuchada y acogida en el corazón -es el sentido de la palabra evangélica del sembrador- produce mucho fruto. Por esto es bueno preguntarnos: ¿escuchamos nosotros al Señor que nos habla? El apóstol Pablo afirma con claridad que “la fe nace de la predicación” (Rm 10, 17), es decir, de la escucha. Cuando continuamos repitiendo nuestras costumbres de siempre, poniendo dificultades para reconducir nuestra vida por el camino del amor; cuando seguimos siendo prisioneros de nuestro egocentrismo o dejándonos arrastrar por la costumbre habitual de culpar a los demás y justificarnos a nosotros mismos, ¿no deberíamos preguntarnos: ¿pero yo realmente escucho al Señor que me habla?, ¿dejo que su Palabra empape mi corazón y lo fecunde? ¿Soy como María, que “custodiaba” la Palabra de Dios en su corazón? Por el contrario, ¿cuántas veces nuestro corazón está lleno de preocupaciones, afanes, obstáculos, malos sentimientos, pasiones que sofocan la Palabra de Dios aunque la hayamos escuchado? ¿No deberíamos dejarnos guiar más por el Evangelio e imitar al Señor Jesús? Y cuando decimos que escuchamos el Evangelio pero no llegamos a ponerlo en práctica, preguntémonos si realmente lo escuchamos, si tenemos el corazón abierto y atento a la predicación. Varias veces se repite en el Evangelio que la siembra de la Palabra dará siempre frutos. Confiando en esta convicción evangélica, lo que se nos pide es no dejar nunca de escuchar la Palabra de Dios, que ciertamente dará sus frutos. El profeta afirma que la Palabra de Dios no vuelve a Él “de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié”. Pidamos al Señor que nos dé un corazón dispuesto a escuchar, para que la conversión que nos pide a cada uno de nosotros en este tiempo pueda realizarse, y nos convirtamos en hombres y mujeres renovados según el pensamiento de Dios.


24/02/2015
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