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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Cirilo, obispo de Jerusalén. Oración por Jerusalén y por la paz en Tierra Santa


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Isaías 49,8-15

Así dice Yahveh:
En tiempo favorable te escucharé,
y en día nefasto te asistiré.
Yo te formé y te he destinado
a ser alianza del pueblo,
para levantar la tierra,
para repartir las heredades desoladas, para decir a los presos: "Salid",
y a los que están en tinieblas: "Mostraos".
Por los caminos pacerán
y en todos los calveros tendrán pasto. No tendrán hambre ni sed,
ni les dará el bochorno ni el sol,
pues el que tiene piedad de ellos los conducirá,
y a manantiales de agua los guiará. Convertiré todos mis montes en caminos,
y mis calzadas serán levantadas. Mira: Estos vienen de lejos,
esos otros del norte y del oeste,
y aquéllos de la tierra de Sinim. ¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra!
Prorrumpan los montes en gritos de alegría,
pues Yahveh ha consolado a su pueblo,
y de sus pobres se ha compadecido. Pero dice Sión: "Yahveh me ha abandonado,
el Señor me ha olvidado." - ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho,
sin compadecerse del hijo de sus entrañas?
Pues aunque ésas llegasen a olvidar,
yo no te olvido.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El pasaje que hemos escuchado está extraído de esa parte del libro de Isaías escrita durante el exilio. El autor sacro lo ha puesto inmediatamente después del segundo canto del siervo de Dios (Is 49, 16), y describe con cierto énfasis el retorno de Israel a su patria y la reconstrucción de Jerusalén. Es un anuncio de alegría y de esperanza que contagia a toda la creación. Toda la humanidad, los cielos, la tierra y los montes, son invitados a alegrarse porque el Señor no se ha cansado de su pueblo, no se ha olvidado de él, no lo ha abandonado a pesar de que su pueblo sí se haya alejado de él. Su amor es firme, perenne y fuerte. Israel sabe bien, por su repetida experiencia, que el Señor no lo ha abandonado nunca; realmente es al contrario: ¡cuántas veces Israel le ha dado la espalda al Señor para unirse a otros dioses! Y es el Señor mismo el que se acerca de nuevo y le recuerda: “En tiempo favorable te escucharé” (v. 8). Podríamos decir que el “tiempo favorable” es toda la historia de Israel. A pesar de la infidelidad del pueblo el Señor no llega a “olvidarlo”. Tras un periodo de purificación y de exilio el Señor está dispuesto a “levantar la tierra”, a reunir de nuevo a los hijos dispersos de Israel y a plantear para ellos un futuro de paz y de prosperidad. Y se acerca a su pueblo no como un juez altivo e implacable, sino como “el que tiene piedad”, como una tierna madre que cuida de sus hijos y se conmueve por ellos. Es un amor tan alto y extraordinario que es hasta difícil de comprender: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (v. 15). Son afirmaciones verdaderamente inconcebibles para la razón, y sin embargo son la raíz de nuestra fe. ¿Cómo no conmoverse ante un Dios tan dispuesto a mezclarse con nuestra historia, incluso de pecado? Y por si no fuera suficiente, ha querido ir incluso más allá con la encarnación de su propio Hijo. El apóstol Pablo llega a decir: “En verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 7-8). Lo contemplaremos dentro de poco, mientras se encamina a morir por nosotros en la cruz.


18/03/2015
Memoria de los santos y de los profetas


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