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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de María de Cleofás, que estaba con las otras mujeres al pie de la cruz del Señor. Oración por todas las mujeres que siguen al Señor en cualquier parte del mundo, con coraje y en medio de las dificultades. Recuerdo de Dietrich Bonhoeffer, asesinado por los nazis en el campo de concentración de Flossenburg.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 24,35-48

Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo.» Y, diciendo esto, los mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: "Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí."» Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Evangelio de la Misa de hoy nos lleva al final del día de Pascua, como narra Lucas. Los dos discípulos de Emaús acaban de llegar al cenáculo para contar al resto de discípulos lo que “había pasado en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan”. Los apóstoles, aún dominados por el miedo, seguían encerrados en el cenáculo, para ellos un lugar ciertamente lleno de recuerdos, pero que corría el riesgo de convertirse en un refugio cerrado. Es una tentación que todos conocemos bien: ¡cuántas veces, de hecho, cerramos las puertas del corazón, las de la casa, del grupo, de la comunidad, de la familia, para permanecer tranquilos o por temor de perder algo! Pero el Resucitado continúa estando entre nosotros, es más, se coloca en el centro, no a un lado como una persona más, como una palabra entre tantas otras. Entra y se coloca en medio, como la Palabra que salva, que libera de toda cerrazón. Las primeras palabras de Jesús resucitado son el saludo de paz: “La paz con vosotros”. Los discípulos, miedosos y resignados, creen que es un fantasma. Habían escuchado a las mujeres decirles que habían encontrado a Jesús vivo. Pero la distancia que habían puesto entre ellos y Jesús ya durante los días de la pasión había ofuscado hasta tal punto su mente y endurecido tan fuertemente su corazón, que no lograban ir más allá de sus miedos. El evangelista parece sugerir que la incredulidad se apodera siempre de los creyentes cada vez que se alejan de Jesús y se dejan dominar por los miedos por sí mismos. Jesús, que se coloca en medio, les dice enseguida: “La paz con vosotros”. Es la primera palabra del Resucitado, sí, el primer fruto de la resurrección es la paz. Ciertamente no es la paz de la propia tranquilidad sino la que nace del amor por los demás. La paz de la Pascua no bloquea, sino que empuja con fuerza a salir de uno mismo para ir al encuentro de los demás. La paz pascual es una energía nueva de amor que colma el mundo. La Pascua, aunque sea vivida por un pequeño grupo, incluso al comienzo por algunas mujeres, es para todos, es para el mundo. A los apóstoles esto les parece imposible. Jesús está definitivamente muerto, han matado su palabra para siempre. No creen lo que él mismo les había dicho en otras ocasiones, que después de su muerte resucitaría. Se llenan de miedo al verle, piensan que se les ha aparecido un fantasma. Jesús les reprende amorosamente: “¿Por qué os turbáis?”, y les repite lo que tantas veces les había dicho en el pasado: le darían muerte pero él resucitaría. ¡Cuántas veces tampoco nosotros creemos las palabras de Jesús! Pensamos a menudo que son veleidosas, igual que un fantasma. En cambio, el Evangelio crea una realidad nueva, una comunidad nueva, real, hecha de personas que antes estaban dispersas y llenas de miedo, y que tras escucharlo se vuelven a encontrar juntas en una nueva fraternidad. Es lo que ocurre ese día cuando Jesús se pone a comer con ellos, continúa la vida de antes de la Pascua. Aquella comida les volvía a unir con Jesús. Ahora aprendían que siempre estaría con ellos. Es lo que nos sucede también a nosotros, y a los discípulos de todos los tiempos, cada vez que estamos alrededor del altar del Señor para partir su mismo cuerpo.


09/04/2015
Oración de Pascua


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11
Domingo 11 de diciembre
Liturgia del domingo

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