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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Anselmo (1033-1109), monje benedictino y obispo de Canterbury; por amor de la Iglesia soportó el exilio.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 6,30-35

Ellos entonces le dijeron: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer.» Jesús les respondió:
«En verdad, en verdad os digo:
No fue Moisés quien os dio el pan del cielo;
es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios
es el que baja del cielo
y da la vida al mundo.» Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida.
El que venga a mí, no tendrá hambre,
y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Al final del pasaje evangélico precedente se nos refiere la pregunta que la gente hace a Jesús: “¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?”; Jesús les había reprendido por buscar solo su propia satisfacción. A su pregunta Jesús responde: “La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado”. No se requiere una multiplicidad de cosas que hacer, como afirman los fariseos, sino una sola: creer en el enviado de Dios. Sin embargo, la multitud insiste en él: “¿Qué signo haces para que viéndolo creamos en ti? ¿Qué obra realizas?”. Ante el gran milagro de la multiplicación de los panes ya sucedida, dicha solicitud aparece como injustificada y pretenciosa. En realidad, la multitud quiere conseguir un signo aun más extraordinario que acredite a Jesús como enviado de Dios. Quizá querían que Jesús resolviera el problema del alimento no solo para las cinco mil personas que se habían beneficiado del milagro, sino para todo el pueblo de Israel como había sucedido con el maná. En efecto, el recuerdo del maná permanecía muy vivo en la tradición de Israel y se mencionaba a menudo en los libros del Antiguo Testamento. Con la venida del Mesías todos esperaban la repetición de este milagro. En cualquier caso, aparece también el egocentrismo de la multitud y la poca confianza en Jesús, no quieren arriesgar nada. Ante su incredulidad, Jesús responde que no fue Moisés quien dio el pan venido del cielo, sino “es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo”. Jesús, al usar las palabras “pan verdadero”, interpreta el maná como imagen del nuevo pan que vendría en el futuro con el Mesías. Era él mismo el nuevo pan, “el pan de Dios” que baja del cielo, pero la dureza del corazón y de la mente de quienes le escuchan no permite acoger en profundidad las palabras de Jesús. Siguen interpretándolas a partir de ellos mismos, de sus necesidades, de su instinto. No entienden lo que Jesús quiere realmente decir. Nos sucede también lo mismo a nosotros cuando no profundizamos en las palabras evangélicas porque las escuchamos queriéndo reducirlas a nuestro horizonte, sin comprender que nos impulsan a ir más allá. Es necesaria una lectura “espiritual” de la Biblia, una lectura realizada en la oración y en la disponibilidad del corazón. La Sagrada Escritura debe escucharse con la ayuda del Espíritu y en la comunión con los demás hermanos. Sin la oración, nos arriesgamos a tener delante nuestro, no al Señor que nos habla sino a nosotros mismos. Sin la comunidad de los hermanos, nuestro “yo” nos impide el diálogo amplio para el que se escribió la Biblia. En este punto, la petición de la multitud es correcta: “Señor, danos siempre de ese pan”, pero en realidad suena a falsa aún, como sucede con Nicodemo y la samaritana en el pozo. Pero no se echa atrás y, con una claridad incluso más obvia, afirma solemnemente: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”. Es una afirmación solemne y típica en el Evangelio de Juan. Con esta expresión Jesús muestra su origen divino. Al hojear las páginas del cuarto Evangelio, vemos que Jesús utiliza muchas imágenes concretas para hacernos comprender la grandeza de su amor por nosotros: Él es el pan verdadero, la vida verdadera, la verdad, la luz, la puerta, el buen pastor, la vid verdadera, el agua viva… es la resurrección.


21/04/2015
Memoria de la Madre del Señor


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