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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Adalberto, obispo de Praga. Sufrió el martirio en Prusia oriental, donde había ido para anunciar el Evangelio(+997). Residió en Roma, donde se venera su memoria en la Basílica de San Bartolomé de la Isla Tiberina.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 6,44-51

«Nadie puede venir a mí,
si el Padre que me ha enviado no lo atrae;
y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas:
Serán todos enseñados por Dios.
Todo el que escucha al Padre
y aprende,
viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre;
sino aquel que ha venido de Dios,
ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo:
el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto
y murieron; este es el pan que baja del cielo,
para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo.
Si uno come de este pan, vivirá para siempre;
y el pan que yo le voy a dar,
es mi carne por la vida del mundo.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Evangelio continúa presentándonos el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Al comienzo del pasaje Jesús aclara que nadie puede comprender su misterio sin la fe que el Padre mismo da. La fe, por tanto, no es el fruto del esfuerzo de los hombres que se entregan a la práctica de una vida virtuosa. La fe comienza en Dios; Jesús dice: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae”. Este “venir a Jesús” no es una cuestión simplemente intelectual ni la adhesión a un grupo organizado para alguna finalidad. A Jesús se va con la atracción de la mente y del corazón, con el convencimiento y la pasión. La fe es una cuestión de amor total, de compromiso que nos involucra; y esto sucede de modos diversos, pero todos requieren un encuentro con Jesús que puede ser mediado por un hermano, una hermana, un pobre, una experiencia de oración y también por la escucha del Evangelio. La cita libre que Jesús hace del profeta Isaías (54,13): “Todos tus hijos serán discípulos de Yahvé” requiere el primado de la escucha en el ámbito de la fe. Jesús sugiere que el encuentro con Dios tiene un camino privilegiado en una escucha disponible de su Palabra, en efecto, en sus palabras hay una fuerza de atracción, pues estas ensanchan la mente y el corazón, introducen en el gran diseño de Dios para el mundo, nos acercan a Jesús, a su corazón, a su mente, nos permiten participar en la acción misma de Jesús entre los hombres y por esto afirma: “Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí”, es decir, descubre el sentido de la vida y recibe el alimento que le sostiene sin hacerle vacilar ni debilitarle. Es verdaderamente difícil pensar que Dios pueda presentarse a través de la debilidad de las palabras del Evangelio, que su amor pueda percibirse a través del amor de sus hijos. Puede parecer más natural buscar en otros lugares, en certezas aparentemente mucho más sólidas, el alimento para nuestra vida, las certezas y los afectos que puedan garantizarle felicidad y sustento. En realidad es una ilusión, todos conocemos la finitud y la debilidad de las cosas humanas. Es mucho mejor fiarse de un Dios que ha elegido las palabras de un hombre para manifestar su Palabra, que ha elegido los débiles signos sacramentales para darnos su fuerza. No hay necesidad de esfuerzos sobrehumanos para poder comprender las cosas del cielo. Quien quiere conocer a Dios debe conocer a su Hijo. Jesús deja claro que nadie sino él ha visto al Padre y dirá a Felipe: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Quien quiera entender el misterio de Dios, debe encontrar a Jesús, debe dejarse tocar el corazón por su Palabra, por el Evangelio. Quien escucha esta palabra es atraído por Dios y recibe el pan de la eternidad, como dice Jesús claramente: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”. Es el misterio que vivimos cada vez que participamos en la Liturgia Eucarística donde se abren los ojos del corazón como a los discípulos. Es el modo como los creyentes encuentran al Resucitado.


23/04/2015
Memoria de la Iglesia


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