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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 13,16-20

«En verdad, en verdad os digo:
no es más el siervo que su amo,
ni el enviado más que el que le envía. «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: El que come mi pan
ha alzado contra mí su talón.
«Os lo digo desde ahora,
antes de que suceda,
para que, cuando suceda,
creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo:
quien acoja al que yo envíe me acoge a mí,
y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha
enviado.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Evangelio que hemos escuchado nos lleva al interior del cenáculo. Jesús acaba de lavar los pies a los discípulos. Quería ofrecer a los discípulos una enseñanza que mostrara hasta dónde llegaba su amor por ellos. La intención del maestro era evidente, quería que este tipo de amor reinara entre sus discípulos de entonces y de siempre. Inclinarse para lavarse los pies los unos a los otros debe ser el atributo más alto de quien quiera hacerse discípulo suyo. Jesús les dice con solemnidad: “No es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía”. Se llama a los discípulos de Jesús a comportarse siempre según la lógica de lavarse los pies los unos a los otros. Podríamos decir que era el modo más evidente para mostrar concretamente cómo amar a los demás. Es en este empeño por donar la propia vida por los demás donde se esconde la alegría de los creyentes: “Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís”. La frase que el apóstol Pablo dirige a los ancianos de Éfeso confirma esta perspectiva: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hch 20,35). Es la presentación de un cristianismo que encuentra su alegría en amar a los demás, en gastar la propia vida por el Evangelio. No es que esto no cueste esfuerzo ni comporte sacrificios, pero la comunicación del Evangelio del amor mutuo proporciona una alegría aun más grande, porque nos hace participar del gran diseño de amor de Dios para el mundo. Por desgracia, no siempre los discípulos de Jesús viven con este espíritu; también nosotros nos dejamos vencer fácilmente por un estilo de vida egocéntrico y perezoso, lento en el amor y preparado para conservarnos a nosotros mismos. De esa manera, se corre el riesgo de desvirtuar el Evangelio y por tanto se menosprecia su fuerza de cambio. Judas es el ejemplo trágico de esta deriva; él, que incluso había sido íntimo de Jesús hasta el punto de “mojar el pan” en el mismo plato, llega a venderle por unas pocas monedas. Jesús, conociendo la debilidad de los discípulos, les advierte de las dificultades que llegarán. En ese momento tendrán que resistir a las insidias del mal que quiere arrebatarles de las manos buenas del Maestro. Lo que cuenta es permanecer unidos al Señor Jesús; el problema no es no tener pecado, sino volver a poner en Jesús nuestra esperanza, también la de dejarnos perdonar cuando nos alejamos de él. El evangelista parece sugerir la solemnidad de la epifanía de Jesús: “Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy”. La fórmula “Yo Soy” evoca la voz que Moisés escuchó desde la zarza ardiente; en efecto, al escuchar a Jesús, escuchamos al Padre mismo que está en los cielos. El que acoge a Jesús como Señor, acoge también al Padre que está en los cielos.


30/04/2015
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