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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Nil, staret ruso(+1508). Fue padre de monjes a los que enseñó el gran amor del Señor por los hombres, exhortándoles a pedir a Dios el mismo sentimiento(en griego macrotimía).
Recuerdo de la oración por los nuevos mártires del siglo XX presidida por Juan Pablo II en el Coliseo en Roma junto a los representantes de las Iglesias cristianas.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 15,9-11

Como el Padre me amó,
yo también os he amado a vosotros;
permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos,
permaneceréis en mi amor,
como yo he guardado los mandamientos de mi Padre,
y permanezco en su amor. Os he dicho esto,
para que mi gozo esté en vosotros,
y vuestro gozo sea colmado.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús, continuando el discurso a los discípulos, confiesa abiertamente la naturaleza de su amor: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros”. Jesús no se siente disminuido al decir que su amor por los discípulos es fruto de un amor más grande, como en cambio nosotros pensamos generalmente. De hecho, cegados por la necesidad de parecer originales y no depender de nadie, nos avergüenza admitir que nuestra felicidad depende del amor de otro más grande que nosotros. En resumen, todo, incluso el amor, debe ser mío, debe partir de mí. Es la cultura del individualismo que cada vez se consolida más y que corre el riesgo de resquebrajar toda comunión. La independencia de los demás no conduce al amor, al contrario, conduce a la soledad. Por el contrario, Jesús muestra que su amor por los discípulos viene del Padre. De esta convicción nace la invitación a los discípulos para que permanezcan unidos a él como hombres y mujeres humildes, al igual que los sarmientos con la vida. Debemos darnos cuenta de que al estar solos se secan los sentimientos y se debilitan los brazos, hasta llegar a ser incapaces de preocuparnos y servir a nadie más que a nosotros mismos. Signo de esta humildad es saber alegrarse con la alegría de los que nos rodean, como el Señor nos invita a hacer con él. De forma análoga, no poder ser felices si los que nos rodean padecen necesidad o están tristes, si están en la pobreza o en el dolor. La promesa de Jesús es de una alegría plena, no de satisfacciones individuales pequeñas y pasajeras, y conseguiremos la alegría plena si observamos el mandamiento del amor que el Señor indicó a aquel joven rico que le preguntaba el camino para la vida eterna: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego sígueme”. Sí, la alegría verdadera está solo en amar con el mismo amor con que Jesús nos ha amado, es decir, gratuitamente y sin ponerse límites.


07/05/2015
Memoria de la Iglesia


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