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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de los santos Addai y Mari, fundadores de la Iglesia caldea. Oración por los cristianos de Irak.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Sirácida 42,15-25

Voy a evocar las obras del Señor,
lo que tengo visto contaré.
Por las palabras del Señor fueron hechas sus obras,
y la creación está sometida a su voluntad. El sol mira a todo iluminándolo,
de la gloria del Señor está llena su obra. No son capaces los Santos del Señor
de contar todas sus maravillas,
que firmemente estableció el Señor omnipotente,
para que en su gloria el universo subsistiera. El sondea el abismo y el corazón humano,
y sus secretos cálculos penetra.
Pues el Altísimo todo saber conoce,
y fija sus ojos en las señales de los tiempos. Anuncia lo pasado y lo futuro,
y descubre las huellas de las cosas secretas. No se le escapa ningún pensamiento,
ni una palabra se le oculta. Las grandezas de su sabiduría las puso en orden,
porque él es antes de la eternidad y por la eternidad;

nada le ha sido añadido ni quitado,
y de ningún consejero necesita. ¡Qué amables son todas sus obras!:
como una centella hay que contemplarlas. Todo esto vive y permanece eternamente,
para cualquier menester todo obedece. Todas las cosas de dos en dos, una frente a otra,
y nada ha hecho deficiente. Cada cosa afirma la excelencia de la otra,
¿quién se hartará de contemplar su gloria?

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmista canta: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos”(Sal 19, 2). El creyente reconoce que en la naturaleza resplandece la gloria de Dios y que las obras de la creación narran la bondad del Creador. En efecto, la naturaleza no es un instrumento en las manos del hombre, sino expresión del amor de Dios. El Creador tiene un amor tan grande que no puede permanecer encerrado en sí mismo; por su naturaleza es expansivo, es decir, se proyecta fuera de sí, inicia nuevas realidades, lleva a existir a lo que no existía, suscita vida allí donde no había ninguna fertilidad. La creación remite al Creador, así como la obra remite al artista. No hay belleza alguna sin la voluntad de Aquel que crea. La creación, como afirma el libro del Génesis (1,2) comienza con la Palabra: la luz aparece cuando Jesús la llama a existir, las tinieblas aparecen como tales porque la luz muestra la oscuridad con su límite intrínseco. Lo que sucede con la luz se repite con el resto de la creación. Todas las cosas existen porque Dios las ha llamado para que juntas formaran el lugar donde los hombres habitaran. Por esto la naturaleza se convierte para el hombre en una escuela de contemplación de la gloria de Dios y de su amor. En este sentido el hombre, creado a imagen de Dios, se convierte en el gran intérprete de la creación, que está llamado a custodiarla para que sea siempre lugar de paz y jardín de amor para todos. En el horizonte de la creación, que es la naturaleza, se desarrolla la historia que el autor sagrado perfila cuando afirma: “El Altísimo conoce toda la ciencia y escruta las señales de los tiempos. Anuncia lo pasado y lo futuro, y descubre las huellas de las cosas ocultas. No se le escapa ningún pensamiento, ni una palabra se le oculta”. Es Dios quien guía la historia. El hombre está llamado a participar, junto a Dios que es el Señor de la creación, en la custodia y transformación de esta. No es el creador de esta, sino su administrador; por ello, la responsabilidad del hombre es grande, en contemplar la belleza de la creación hecha por Dios y en el compromiso por hacer que la creación esté cada vez más cerca del diseño que Dios ha inscrito en lo profundo de la creación misma.


28/05/2015
Memoria de la Iglesia


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